Revista D

Aída, pero no la de Verdi

 La vida de la primera cantante guatemalteca que pisó la Metropolitan Opera House es tan peculiar como la de su familia.

Por Claudia Palma

El teatro estaba repleto a la espera de la presentación del musical En los cuernos del toro. Aída Doninelli, la estrella que interpretaría a un picador, era alta, con cabello castaño, hermosos, expresivos ojos cafés y gran porte. Esa noche apareció con un pantalón ajustado, un amplio cinturón y una casaca corta. Al verla, el rostro de su padre, Antonio Doninelli, se encendió y empezó a gritar: “¿Qué es esto? ¡Una mujer con pantalones y vestida como picador, ni más ni menos! ¡Y con un traje de mamarracho! ¡Mi hija no tiene por qué aparecer en producciones tan grotescas! Subió al escenario de un salto y todos los actores corrieron tras bambalinas”. Así narró el episodio muchos años después Consuelo de Aerenlund, la única hija y biógrafa de la intérprete en el libro La saga de los Doninelli de Lombardía a Guatemala

La función de aquella noche pudo continuar después de que uno de los acompañantes de la familia convenció a Doninelli de tomar una cerveza en un bar cercano. El público pidió un “bis” y los aplausos obligaron a Aída a regresar al escenario, pero al ver a su padre quien había vuelto al teatro, el telón volvió a caer de inmediato.

No sería la última vez que el temperamento iracundo y apasionado de aquel italiano venido de Erba, haría pasar a la familia un bochorno.

Doninelli se convirtió años después en la primera cantante guatemalteca en pisar el escenario de la Metropolitan Opera House de Nueva York y en varias salas en Chicago.

Su vida poco conocida entretejida con las de sus entrañables hermanas y dirigida por un padre excéntrico es narrada en el libro De Aerenlund.

Las anécdotas contadas en esa obra con tanta gracia y los recuerdos de sus dos sobrinas Odette y Pía Llarena Doninelli de 90 y 75 años, sus únicas parientes en el país, revivieron a Aída, durante una calurosa tarde de limonadas, para contarles esta historia.

Un pueblo llamado Erba

Erba es una pequeña localidad de la provincia de Como, en la región de Lombardía, Italia. Es aquí donde comienza la historia de los Doninelli. A Antonio le llevó dos años aprender el oficio de hacer molduras, diseñar obras en yeso y cemento para que le concedieran la mano de Ángela Pozzi, la hija del dueño de la trattoria (restaurante) del pueblo. Además, enfrentó el disgusto de su madre por haber escogido una novia coja, con quien finalmente se casó el 31 de mayo de 1881.

La misma noche de bodas Luigia, la madre de Antonio, murió de una apoplejía. Sin embargo, después de enterrarla, partió a su luna de miel. En el tren con destino a Milán armó una trifulca porque uno de los pasajeros veía a Ángela. Fue el primer episodio de muchos que protagonizaría por su temperamento irascible.

De los nueve hijos que tuvieron sobrevivieron seis. En 1894, la depresión económica aquejaba al sur de Italia y provocó una migración masiva a América. Antonio y su hijo mayor Fernando se embarcaron en Génova con boletos de tercera clase hacia Guatemala. El presidente José María Reina Barrios lo había llamado entre la oleada de escultores, artesanos y diseñadores, con la esperanza de transformar a la ciudad en una pequeña París.

Antonio, de 36 años, sería uno de los responsables de modelar años después el mapa en relieve, el busto de Isabel la Católica, el templo de Minerva y de obras que hoy adornan la Avenida La Reforma. Fernando, quien a los 19 huiría de casa, aprendió rápidamente el idioma y fue el intérprete. En tanto Ángela y cinco niños se sostenían con las remesas que su esposo le enviaba. Pasaron dos años hasta que ella y dos varones pudieron viajar a Guatemala. La situación económica de la familia empeoró tras el asesinato del presidente Reina Barrios, en 1898. Durante cinco años Mirte, Inés y Ana, las hijas mayores, pasaron al cuidado de una tía y trabajaron en una hilandería. La familia volvió a reunirse en 1901.

¡Es una niña!

Una noche de noviembre de 1898, cuatro años después de haberse establecido en Guatemala, cuando Antonio, admirador de Giuseppe Verdi, volvía de ver una representación de la ópera Aída, Ángela había dado a luz a una niña. De inmediato la llamó Aída.

“Antonio trabajaba mucho diseñando, esculpiendo, visitando clientes, estableciendo una fundición para obras”. “La familia era una empresa corporativa”, describe De Aerenlund. Ángela se encargaba de la contabilidad del taller; Mirte y Ana administraban la casa y cuidaban a sus hermanas menores, y los varones trabajaban con su padre.

Desde pequeñas, Inés, Pía y Aída destacaron por sus hermosas voces. Aída era muy tímida, pero frente al público se transformaba. Estudió en el Colegio de La Concepción, dirigido por la notable maestra Susana Illescas de Palomo.

“Inés, Aída y Pía tenían una gran demanda para cantar en funciones escolares, tertulias o veladas en casas privadas y noches de teatro. Les enseñaba el maestro Tronchi, quien iba a su casa”, según La saga de los Doninelli. Las tres cantaron durante la inauguración de la ruta del ferrocarril a Puerto Barrios a la que acudió el presidente Manuel Estrada Cabrera.

Antonio Doninelli aprovechó para cobrarle al Gobierno lo que le adeudaba. Con ese dinero se embarcó junto a Inés hacia Milán. Ella ganó una beca para estudiar en el conservatorio de esa ciudad. Aunque no llegó a graduarse se convirtió en la mentora de sus hermanas.

Odette y Pía, las sobrinas que viven en Guatemala, recuerdan como sus tías les relataban que en ocasiones su casa llegó a parecer una tienda. El viejo Doninelli acostumbraba ir a las subastas de las aduanas y compraba conservas, prosciutto (jamón), trufas y queso. Las hermanas solían encerrarse por las noches en el dormitorio y devoraban todas aquellas viandas con pan y aceite de oliva. Al día siguiente él no se explicaba cómo aquellas exquisiteces habían desaparecido.

Cada noche Aída y Pía eran las encargadas de preparar minestrone. Aunque muchas de esas cenas se vieron ensombrecidas por las escenas que protagonizaba su padre alcohólico.





Al frente: Aída, Pía, Marina y un amigo de la familia. Atrás: Ángela y Anita, en 1911.

Serenata

“¡Jamás un yerno español o un mexicano!”, recuerda Pía que su abuelo

Antonio les advertía a sus hijas. Pía, fue la primera en desobedecer y casarse con un español, luego le siguió Aída.

Las hermanas habían vuelto de una gira por Centroamérica, Colombia y Venezuela para recaudar fondos para los damnificados de los terremotos de 1917 y 18. Fue en ese entonces cuando Aída conoció a José Silvestre Véliz, quien había huido de México por motivos políticos. La conquistó con su violonchelo dándole serenata desde la plataforma de un viejo camión.

Tanto Pía como Aída pidieron el consentimiento a su padre para casarse. En esa época sus progenitores estaban separados temporalmente. Antonio jamás aceptó que el cortejo nupcial de cada hija no saliera de su casa, situada en el barrio Gerona. Unos días antes de cada matrimonio publicó en un periódico su desacuerdo causando otra vez el bochorno familiar.

En enero de 1924, Aída y José, con una hija de 25 días, se embarcaron a Estados Unidos. Pablo González, al servicio del presidente de México, Venustiano Carranza, (1917-1920), estaba exiliado en Laredo, porque se gestaba un nuevo levantamiento en México, en el cual José pretendía participar, pero este ya no ocurrió. La pareja recorrió la Unión Americana. Él tocaba el violonchelo. En Chicago logró que ella ofreciera un recital, el cual le abrió el camino para una audición en la Metropolitan Opera House donde cantó de 1928 a 1933. Dos días antes de su presentación, aquejada por la tuberculosis, murió su adorada hermana Inés.

En los archivos digitales de la Metropolitan Opera House todavía se encuentran los programas y cada personaje que Aída interpretó. Disgustada porque no le ofrecían los papeles principales renunció. “En Nueva York le recomendaban que dijera que era italiana, incluso le ofrecieron doblarle el sueldo si cambiaba su nacionalidad, algo a lo que nunca accedió”, cuentan Pía y Odette. Fue contratada inmediatamente por la San Carlo Opera Company de EE. UU, donde concretó su sueño de interpretar los roles principales.

En 1937, un ataque al corazón le arrancó la vida a José.

Un año después volvió a Guatemala, en un barco de la United Fruit Company, con una hija de 14 años. Fue recibida por varios escolares y una banda.

Fue maestra del Conservatorio Nacional de Música e impulsó la carrera de Luis Girón May. Murió a los 98.

Fue enterrada en el mismo mausoleo que sus padres, en el Cementerio General como fue su deseo.

En su epitafio debió decir las líneas de Simone de Beauvoir: “No soy yo la que me alejo de mis dichas pasadas; ellas se desprenden de mí; los caminos en la montaña rechazan mis pasos. Jamás volveré a caer, ebria de cansancio, en el olor de heno”.