El primer papa latinoamericano se ha mostrado sencillo, libre al hablar sobre cualquier tema y muy, muy cercano a la gente. Pero también ha sido implacable; tiene mano de hierro y guante de seda.
De algunas declaraciones de Su Santidad hablamos con monseñor Molina Palma.
La conversación, sostenida en Quetzaltenango, por momentos estuvo cubierta con un velo de tensión, pero en la que siempre se mantuvo la cordialidad.
Tanto así que nos sinceramos el uno con el otro. En mi caso, le digo: “Creo en Dios, pero no en ninguna institución religiosa”, y agrego: “Pero con el ministerio del papa Francisco, por lo que ha hecho y dicho, hasta me dan ganas de ser católico”.
Molina Palma sonríe y, entre líneas, me dice que los periodistas no somos santos de su devoción. Estrechadas las manos, conversamos largo y tendido.
El papa Francisco ha criticado en diversas oportunidades a la misma Iglesia Católica. Ha dicho, por ejemplo: “Que me perdonen los obispos, pero la Iglesia tiene que salir a la calle”. ¿Cree que las cosas se han venido haciendo mal?
Esa es una preocupación que está muy en su corazón. El hecho de que lo diga no quiere decir que no se hace. Además, su frase es un modo de fomentar una actitud pastoral, una dinámica de acercamiento hacia la gente para proponerle la fe católica.
¿Cree que los jerarcas de la Iglesia han sido narcisistas?
No utilizaría ese término. Lo que pasa es que nos hemos dejado llevar por la inercia de una sociedad de cristiandad y, por lo tanto, como clero, nos hemos olvidado de que tenemos que ser misioneros en nuestra propia aldea, para que así más personas conozcan a Jesús y su evangelio.
Pero el mismo Francisco dijo: “Los jefes de la Iglesia a menudo han sido narcisistas, adulados por sus cortesanos; la corte es la lepra del papado”.
Bueno, son palabras muy, muy duras. Sin embargo, expresa el peligro de toda persona que tiene autoridad. Cuando un obispo o un papa se rodea de una camarilla que solo habla de lo que le gusta escuchar, se desconecta de la gente.
Insisto con la pregunta anterior: ¿Es una llamada de atención a los clérigos del mundo?
El Papa lo dice en relación con su persona. De hecho, ha tomado una serie de decisiones. La primera fue la de no vivir en el apartamento papal, sino quedarse en Santa Marta para reducir el riesgo de aislamiento y poder estar en contacto con más personas. Su espíritu es de participación, de cercanía. Su estilo no quiere decir que los obispos del mundo seamos narcisistas, aislados o qué sé yo. También sería injusto pensar que sus palabras sean una crítica hacia sus predecesores.
También me viene a la mente otra frase del papa Francisco: “La Iglesia debe ir hasta quien no la frecuenta, hacia el que se marchó de ella y hacia el indiferente”.
—Piensa unos momentos—. En efecto, los sacerdotes ya no deben esperar a que las personas lleguen a la iglesia. Hay que ir en busca de ellas y ofrecerles nuestra alegría, nuestra visión, nuestro modo de entender la vida desde la fe en Dios e invitarlos a unirse. Esto —la dinámica de cercanía— se planteó durante la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, en el 2007.
¿Usted se considera una persona cercana a la gente?
—Respira profundo—. Si soy distante o cercano, eso lo tienen que decir otros de mí. Yo lo he recibido a usted, contesté a su llamada y le di una cita. Aquí se atiende a todos los que vienen. Cuando he ido a otras parroquias me han dicho: “Es la primera vez que un obispo viene con nosotros y podemos hablar”.
Otro tema al que se ha referido Francisco es sobre el rol femenino en la Iglesia. Lo cito: “Sufro cuando veo a las mujeres reducidas a la servidumbre en la Iglesia”. ¿A qué se refiere?
En realidad, no sé. Habrá que preguntárselo a él.
¿Y cuando expresó: “La Iglesia no puede ser ella misma sin la mujer (…) Necesitamos una teología profunda de la mujer”?
Mejor se lo preguntamos a él —ríe—. ¿Qué quiso decir? Creo que hay espacios para ellas en la Iglesia que no han sido adecuadamente valorizados. Pero, la promoción de la mujer no consiste en que ejecute cosas que hacen los hombres en la Iglesia o en la sociedad, sino que sea cada vez más mujer. La dignidad de ellas no se logra en la medida en que asuma papeles masculinos, sino en que se le abran espacios para desarrollar su potencial femenino. Ahora se habla de una mujer cardenal y eso sería clericalizarla.
¿Y eso es malo?
Pues… No parece que ese sea el camino. —Hace una pausa—. Ordenar cardenal a una mujer es una posibilidad, pero habría que cambiar el Derecho Canónico, porque hasta ahora se especifica que solo se eligen cardenales entre los varones.
¿Por qué habría de modificarse el Derecho Canónico, si para que alguien sea cardenal es suficiente con que sea diácono o, incluso, laico? Antes, en la Iglesia Católica, había diaconisas…
No, no las había. Deme la prueba. Habría personas a las que se les llamaba diaconisas, pero habría qué averiguar qué quería decir esa palabra. No significaba que eran diáconos como lo entiende la Iglesia Católica actual. No me consta. San Pablo habla de una diaconisa en Céncreas, pero no se sabe qué función tenía esa mujer. Tiene el nombre, pero, ¿qué significa ese término?
No creo que la promoción de la mujer en la Iglesia se encamine hacia el acceso al sacramento del orden. En cambio, puede ir rumbo a la colaboración en órganos de gobierno, de consulta o consejos pastorales. Ellas siempre han ocupado un lugar importante en la catequesis parroquial.
¿Qué opina de que Pietro Parolin, nuevo secretario de Estado del Vaticano, refiera que se puede reflexionar sobre el celibato y pensar en modificaciones?
Se puede hablar, claro, pero no para cambiar, sino para tomar consciencia otra vez sobre ese valor, que es la consagración a Dios.
¿Por qué no para quitarse?
Hipotéticamente, es posible, porque el celibato no es una disposición de derecho divino, pero no creo que vaya a quitarse.
Pero muchas veces se ha incumplido a lo largo de la historia.
Y todavía es incumplido por muchos sacerdotes, no hay que hacerse los inocentes. Mire, el adulterio existe desde quién sabe cuándo, pero eso no invalida el valor ni la belleza del matrimonio. Por eso, el celibato no pierde valor por unos cuantos sacerdotes infieles a su vocación.
¿Qué medidas ha tomado la Iglesia contra la pederastia?
Primero, se ha pedido tolerancia cero a todas las conferencias episcopales del mundo. Segundo, colaboración con las autoridades civiles. Tercero, mecanismos de depuración interna. La pederastia es un delito, y quien lo comete lo tiene que pagar.
En otro tema, el papa Francisco había dejado la puerta entreabierta para que los fieles divorciados y vueltos a casar pudieran volver a acercarse a los sacramentos. Luego, el arzobispo alemán Gerhard Ludwig Müller le corrige la plana con una publicación en L’Osservatore Romano.
En cierta manera, sí. El papa Francisco, como es tan espontáneo para hablar, a veces dice cosas que son susceptibles a ser interpretadas de dos o tres maneras distintas y, entonces, nos preguntamos: “¿Qué quiso decir?”
Así que, en este caso, a partir de esa declaración, se especula de lo que podría pasar. Ludwig Müller, prefecto para la Doctrina de la Fe, publica un documento en el que expone el pensamiento católico sobre el matrimonio, el cual considera sagrado. El Derecho Canónico admite que una pareja puede tener serios problemas y que, por lo tanto, es mejor vivir separados. En ese caso, no hay impedimento para que participen en los sacramentos, porque ambos reconocen que siguen casados. Pero, si una de estas personas se une otra vez con alguien más, se incurre en una situación irregular delante de Dios. ¿Esto se puede solucionar? Sí, es posible, pero después de que un tribunal eclesiástico lo determine.
En lo personal, creo que la Iglesia debe efectuar procesos más cuidadosos, más lentos, para evaluar si las parejas están aptas para casarse.
Uno de los temas que suscitan más debate es el de la homosexualidad. Durante el viaje de retorno de Río de Janeiro a Roma, el Papa se refirió a los gais con la pregunta: “¿Quién soy yo para juzgarlos?”
En efecto. Eso no significa que las relaciones homosexuales estén bien, sino que no va a juzgar su culpabilidad. En su respuesta quedó algo ambiguo, pues no se sabe si se refería a las personas con tendencia gay o de aquellos que mantenían relaciones homosexuales. En mi opinión, aludía a estos últimos.
Francisco, en ese mismo momento, hizo una pregunta. Esta fue: “Dios, cuando mira a un homosexual, ¿aprueba su existencia con afecto o la rechaza y la condena?” ¿Cuál sería la respuesta a eso?
Dios ama a toda persona y quiere que todos realicen su designio. Dios no rechaza al gay, pero tampoco lo aprueba. Pongo un ejemplo con un área moral no controvertida: la mentira. Dios ama al mentiroso, pero no acepta su conducta.
Le hago una pregunta que tiene que ver precisamente con la mentira: ¿Qué opina de las acciones fraudulentas en el Instituto para las Obras de Religión, conocido como banco vaticano?
Ciertamente se descubrieron cosas que no estaban bien. Aunque ignoro qué pudo haber hecho Juan Pablo II, creo que el papa emérito Benedicto XVI fue el primero en tomar acciones conducentes a una mayor transparencia. La cuestión es que estamos en una realidad humana: en la Iglesia hay pecadores. Por eso hace falta tener personas con la decisión de Benedicto XVI o de Francisco.
De hecho, Francisco suspendió a Franz-Peter Tebartz-van Elst, obispo de Limburgo, acusado de perjurio y de despilfarro en la renovación de su residencia episcopal.
Eso fue lo que publicó la Prensa. No conozco los datos del caso, pero, si suspendieron al obispo, es porque ha habido un problema serio que necesita aclararse.
Su Santidad dijo en cierta ocasión: “Me duele ver a un cura o a una monja con un automóvil último modelo”.
El problema no es que sea un vehículo del año, sino que sobrepase las necesidades que alguien pueda tener; es decir, que sea ostentoso.
De hecho, el Papa pide a los curas ser gente de pobreza, tanto interior como exterior.
Muchos sacerdotes viven así, otros no. Precisamente a estos últimos les pide de que sean pobres.
¿Usted cómo vive?
Pienso que modestamente. Considero que soy austero. Esta casa, por ejemplo, me la encontré. Aquí estoy; ni siquiera la alfombra he cambiado.
¿Cree que la Iglesia es tradicionalista y dogmática?
No, no, no. Solo somos firmes en lo que creemos. Para mí dogmático significa autoritario, “que se cree porque sí”, pero lo que creemos es razonable, pues tiene fundamento en la Biblia. Todo esto nos da esperanza, alegría y coherencia ética.
¿Cree que el papa Francisco marque una nueva época en la Iglesia?
Tiene un estilo propio, con otra proyección pública, quizás por ser latinoamericano. Eso lo hace muy cercano a la gente, hasta campechano. Francisco es fiel a la enseñanza de la fe cristiana, porque Jesús es el mismo ayer, hoy y siempre. Mire, la Iglesia se adapta, busca hacerse entender, pero no cambia el mensaje, solo el modo de decirlo. Por eso, creo que la sustancia de la doctrina y organización eclesiástica se mantendrá; no creo que el Papa vaya a cambiarlo.