Millones de botellas de espumosos se descorcharán para brindis y felicitaciones en los hogares de prácticamente todo el mundo.
El denominador común es espumoso, aunque con distintos nombres según la región de procedencia: champagne (Francia); cava (España); prosecco (Italia); sekt (Alemania); el champaña elaborado en Argentina y Chile, o el champagne de Estados Unidos.
Sin embargo, al imperio de las doradas burbujas que ostentan el champagne, cuya capital es la ciudad de la Bretaña francesa de Reims, le están saliendo dignos competidores, entre los que destaca con voz propia el vino cava, con su centro de producción en la localidad catalana de San Sadurní de Noia.
El origen de esta bebida o del método champanoise se centra en Francia. El frío de la zona paralizaba la fermentación del vino, que en primavera, volvía a fermentar y se producía de forma natural la característica espuma o aguja. Reza la tradición que fue un monje benedictino Dom Perignon, quien a finales del siglo XVII o principios del XVIII, empezó a utilizar la botella y el tapón de corcho para esta bebida que bullía espontáneamente.
Champagne y cava miden sus fuerzas
El éxito posterior del espumoso fue copiado, como todas las cosas buenas y con rentabilidad económica, por los productores de sus países vecinos que, antes de que se regulara la protección de las denominaciones, los llamaban champagner (Alemania), champaña (España) o el moscato champagne (Italia), y que luego cambió por los nombres con los que ahora conocemos los distintos espumosos nacionales.
Sin embargo, en Estados Unidos, que considera esta elaboración como genérica y no propia de un lugar específico, los productores siguen utilizando la mencionada champagne en sus etiquetas. Pero tienen la obligación de indicar su lugar de procedencia, por ejemplo, champagne de California. Algo parecido ocurre en algunos de los países del hemisferio sur.
La zona francesa de Champagne, con una producción anual de unos 300 millones de botellas, continúa siendo el lugar de mayor elaboración y prestigio dentro de los espumosos. Le sigue muy de cerca, en cuanto a calidad y prestigio, la producción de cava en Cataluña (España), con unos 200 millones de botellas, aunque prácticamente la mitad de su producción se exporta; entre sus principales destinos está Alemania, Holanda y EE. UU.
Tampoco hay que perder de vista la producción del sekt en Alemania, que ronda los 280 millones de botellas y que se consumen casi en su totalidad . En Italia, la producción de prosecco es de alrededor de 20 millones de botellas. Mientras, la zona productora de España está acaparando paulatinamente más mercados, debido a sus precios que son muy competitivos -si se comparan con los franceses- y, evidentemente, a una calidad que se mantiene homogénea.
Sin embargo, aunque tanto los espumosos de champagne como los cava lideran los mercados de la exportación, Alemania es el mercado más importante para los espumosos.
Aumenta el consumo en Latinoamérica
Una parte de la ingestión de espumosos se lleva a cabo a lo largo del año, pero también está fuertemente ligada a las festividades de diciembre, ya que por lo general, cerca del 60 por ciento de las ventas se realizan en el último trimestre del año e incluso en el bimestre diciembre-enero.
Aunque en el hemisferio sur el consumo es bastante bajo, sus productores algunas veces son filiales de grandes empresas francesas o españolas afincadas en algún país latinoamericano.
La producción nacional de espumoso tipo champaña, como le llaman en Argentina y es del orden de 15 millones de litros, en Chile ronda los cinco millones de botellas.
Respecto de las importaciones, las de champagne son las preferidas en Argentina, donde este año se verán resentidas las ventas por la fuerte crisis, aunque las ventas de cava suponen cerca del 50 por ciento de las compras extranjeras de espumosos en Chile.
El hecho de que tanto el champagne como el vino cava ostenten los primeros puestos en cuanto a calidad se debe a que la totalidad de sus producciones logran esa característica espuma, de forma totalmente natural, por una segunda fermentación en botella, método también llamado champanoise o tradicional, en el caso español.
Sin embargo, la mayoría de la producción de sekt, prosecco o de los denominados champañas de Argentina o Chile (sólo pueden llevar este nombre si es para consumo interno), sigue el proceso charmat, por el cual la segunda fermentación se prepara en recipientes -más bien depósitos- a presión y el producto final se filtra y se embotella.
Una vez embotellado y ya en nuestra casa, ahora queda el ritual del descorche, tomarlo a la temperatura adecuada, en copas tipo flauta y en grata compañía.
En cualquier caso, sin importar de qué espumoso se trate, si es de calidad, mejor. Tampoco hay nada más agradable que disfrutar de esa sensación al beber este tipo de vinos, y en lugar de convertirlo en el colofón de una buena cena, ¿por qué no probarlo acompañando los suculentos platos de esta Navidad?