Dicha metamorfosis afecta de forma diferente a los sujetos, repercutiendo no sólo en el ámbito corporal, sino también en el psicológico y social.
Para muchos autores la adolescencia se divide en tres fases: la temprana (desde los 11 años), media (desde los 13 ) y tardía (a partir de los 17). Esta diversificación se hace necesaria debido a la profundidad y variedad de los cambios que se generan en los sujetos de estas edades, cambios cualitativamente sólo comparables con los que se produjeron en la primera infancia.
Los adolescentes no son adultos inmaduros ni niños mayores. Para muchas personas de más edad, este chico no es más que un pequeño adulto (en proceso de desarrollo) que carece aún de madurez y rechaza todo tipo de ayuda por parte de sus congéneres con más experiencia.
La adolescencia debe considerarse como una etapa evolutiva con plena identidad y que no consiste solamente dejar de hacer cosas infantiles o empezar a tener responsabilidad como adultos.
Se trata de encontrarse con nuevos conflictos que los jóvenes deben aprender a solucionar, utilizando para ello las nuevas herramientas que están a su alcance. Estas deben ser bien propiciadas por el desarrollo, y adquiridas mediante el aprendizaje (siendo éste uno de los momentos más importantes para hacerlo si aún no forman parte del repertorio habitual del sujeto).