Escenario

101 apuntes para hablar correctamente el español

¿Sabía usted que usar el verbo descambiar es correcto y el adjetivo espúreo, un error de pedantes? ¿O que el latinismo statu quo no varía en plural y que, si lo hace, debería dejar de decir “de este agua no beberé”?

El libro Las 101 cagadas del español (Espasa) recopila éstas y otras muchas curiosidades de la lengua de Cervantes con un objetivo: que reaprendamos nuestro idioma.

Escrito por la periodista y empresaria María Irazusta, este libro dista mucho de ser un manual al uso, como apunta ya su irreverente título. Está redactado con tono desenfadado, entretenido y con un punto de ironía, “pero siempre bajo el rigor”, insiste la autora. Y tampoco trata de leer a nadie la cartilla: lo que busca es que se hable “un poquito mejor”.

“No lo estamos escribiendo desde la tarima del purista ni del profesor, porque todos la cagamos”, afirma Irazusta. “El que esté libre de pecado lingüístico que tire la primera piedra”.

Con todo, es posible que este “bestiario” de patadas al lenguaje saque los colores a más de uno. Así, la autora y su equipo explican por qué cuando se trata de echar, lo primero que hay que echar es la “h”; que por muy “agusto” que nos quedemos, a gusto se escribe separado, o que si deambulamos sin rumbo podemos tener un accidente fortuito, además de cometer dos claras redundancias.

Sin embargo, aunque este atípico manual defiende la coherencia y la corrección lingüísticas, no se muerde la lengua a la hora de denunciar algunos “horrores” admitidos por la Real Academia de la Lengua. “Nos están llamando hermano rebelde de la RAE y me hace gracia”, confiesa Irazusta. “Yo tengo un enorme respeto por esta noble institución y la labor que hace, pero, a veces, por intentar lograr el consenso de los hablantes, creo que algunas de las decisiones que toma son desacertadas”.

Por mucho que aparezcan en el diccionario, muy pocos beben “güisqui” o fuman “mariguana”, y aunque el consumo de ambos pueda producir “soñolencia”, no guardan necesariamente relación con ser “somnámbulo”. ¿Sorprendido? A veces, hasta la RAE es “trasgresora” y, por aquello de no resultar “pretensiosa”, hay quienes entienden que “vapula” la ortografía.

Errores y horrores aparte, Las 101 cagadas reivindica algunas palabras que han quedado en desuso, desde pazguato (que se pasma) a pelagatos (persona insignificante o mediocre), critica el abuso de anglicismos como “linquear” (cuando se puede decir enlazar).

Con todo, el libro también recopila curiosos localismos como los castizos —y algo pasados de moda— “buga” (coche) o “piltra” (cama), mexicanismos como “andar como araña fumigada” (estar agotado) o “chimuelo” (desdentado) o argentinismos como “prendeme un faso” (enciéndeme un cigarro) “que tengo fiaca” (que me da pereza). Y recuerda que, por muy sorprendente que resulte, ojalá tiene un origen tan árabe como almohada, y lo mismo sucede con rubia o paraíso.

Y como muestra de que la lengua es algo vivo que no deja de evolucionar, “Las 101 cagadas” también ha servido para acuñar un nuevo concepto: el “efecto Humpty Dumpty”. Inspirado en el huevo de “Alicia en el país de las maravillas” -que hacía que las palabras significasen lo que él quería- explica cómo álgido describía en un principio algo muy frío, mientras que sofisticado se usaba para definir algo falsificado o adulterado.

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