Escenario

Arqueóloga hablará del Cristo de Ixmiquilpán, de México, que según la tradición oral se restauró sin intervención humana

La arqueóloga Elsa Hernández Pons, presentará la conferencia “El Señor de Ixmiquilpan o de Santa Teresa, de la ciudad de México”, el 11 de este mes, a las 18.30 horas, en el Museo Popol Vuh, de la Universidad Francisco Marroquín, zona 10 de la capital. Ingreso Q30.

Fachada del templo Santa Teresa la Antigua, de la ciudad de México, en el que se venera al Señor Crucificado de Ixmiquilpan. (Foto Prensa Libre:  ELSA HERNÁNDEZ PONS)

Fachada del templo Santa Teresa la Antigua, de la ciudad de México, en el que se venera al Señor Crucificado de Ixmiquilpan. (Foto Prensa Libre: ELSA HERNÁNDEZ PONS)

La especialista hablará de una imagen de Cristo crucificado con mucha historia en el estado de Hidalgo, México, cuyo origen está rodeado de misterios y su devoción está muy arraigada entre los mexicanos.

“Este Cristo fue descrito en el siglo XVII por Alonso Alberto de Velasco, como una prodigiosa imagen venerada en la iglesia de las Carmelitas Descalzas de Santa Teresa, La Antigua, ciudad de México. Para que llegara al convento, hubo que vencer una gran resistencia que terminó en una matanza de indígenas en 1621, al ser sacado de su Santuario de Mapethé”, explica Hernández.

.La conferencista es arqueóloga de la Escuela Nacional de Antropología e Historia de México, (Enah). Investigadora del Proyecto Templo Mayor y cofundadora del Departamento de Arqueología Subacuática mexicano. Tiene un doctorado en Estudios Mesoamericanos de la Unam, es investigadora con especialización en arqueología histórica e industrial por la Coordinación Nacional de Monumentos Históricos.

Historia envuelta en leyenda

La historia del Cristo de Ixmiquilpan, en parte leyenda, da inicio con el acaudalado español Alonso de Villaseca quien en 1545 trajo de los Reinos de Castilla, la talla de un Cristo crucificado que llevó a la humilde capilla de Mapethé, en la que la santa imagen se deterioró.

Para 1615, debido a su aspecto ennegrecido, desgarrado y Ia cabeza con un faltante, el arzobispo don Juan Pérez de Ia Cerna consideró conveniente la destrucción total del Cristo: cuenta la tradición oral que “ni el calcinante fuego ni el bendito entierro destruyeron la santa escultura”.

Hacia 1621 azotó la región un huracán que destruyó la mitad del techo de la mencionada capilla; cuando la comunidad acudió al lugar a observar el hecho, se encontró con que el Cristo flotaba en el aire y de había desprendido de su cruz “para luego regresar a clavarse en ella”. Gemidos y ruidos extraños decía la gente que provenían de la venerable capilla.

Intensa sequía padeció Mapethé, ocasionando la muerte del ganado y la pérdida de los pastizales. El vicario del lugar propuso entonces realizar una procesión rogativa con la imagen de Nuestra Señora Santa María, pero los vecinos clamaron a una voz: “!con el Cristo!”

El religioso se resistió argumentando la apariencia indecente, negra y casi sin cabeza de la escultura, aunque finalmente, ante la insistencia, el cura debió aceptar la petición. La rogativa se hizo con muchas lágrimas y devoción: “Porque la veneración se encuentra más allá de la obra puramente material”.

Se dice que ese mismo día se nubló el cielo y por 17 más, la Iluvia cayó sólo sobre dos leguas alrededor del pueblo de Real de Minas del Plomo Pobre. Milagros ocurrieron, y fue el miércoles 19 de mayo de ese mismo año, cuando de manera misteriosa el Cristo se renovó sudando agua y sangre.

Ante su propia incredulidad, el señor arzobispo decidió enviar a un visitador y a un notario, quienes posteriormente verificaron el hecho de “la divina transfiguración”. Observando también que el lugar donde permanecía la imagen no era el adecuado, el virrey ordenó se llevara a la ciudad de México.

Refiere la leyenda que el Cristo no quería salir de Real de Minas, pues la caja en donde había sido depositado para su traslado se hacía imposible de cargar debido a su peso. Entonces el vicario comentó que si la imagen “llegara a estar incómoda en su destino, el mismo Cristo lo expresaría y él la devolvería a su santuario”.

Aún así, los mapethecos se opusieron, y solo después de un enfrentamiento armado lograron rescatarlo y lo llevaron al convento cercano de San Agustín, en Ixmiquilpan, de donde el Cristo prosiguió en peregrinación hacia México, y a su paso “concedió infinidad de prodigios a los pueblos”.

Finalmente el crucifijo fue depositado en el convento de San José de las Carmelitas Descalzas, lugar en el que se conoce actualmente como el Santo Señor de Santa Teresa.

 

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