De Del sentimiento trágico de la vida hice mi Biblia. Lo llevaba conmigo cuando estudiaba los últimos años de bachillerato. Y lo acariciaba, mientras lo leía una y otra vez. Aún conservo ese libro: Colección austral: octava edición, 1947. Y se los enseñaba a mis alumnas. El libro, enfermo, avejentado como yo; se los enseñaba. Su piel manchada, como la mía. Sus arrugas, como mis subrayados de hace 50 años: “Ni lo humano ni la humanidad, ni el adjetivo simple, ni el adjetivo sustantivado, sino el sustantivo concreto: el hombre. El hombre de carne y hueso, el que nace, sufre y muere –sobre todo muere(…)”, como estoy muriendo yo, ahora que se me aleja de esta cátedra tan amada, de esas discípulas con quienes compartía emociones unamunianas.
Sobre todo aquello de que me contradigo, incesantemente: “¿Contradicción? ¡Ya lo creo! ¡La de mi corazón, que dice sí, y mi cabeza, que dice no! (…)”. Y si Unamuno me comunica su pasión, yo, a mi vez, les comunicaba a ellas mi devoción inclaudicable por este filósofo, aunque ahora ya no se oiga mi voz, aunque ya no esté puntual esperándolas en mi aula. Pero yo continúo pensando “con todo el cuerpo y toda el alma, con el tuétano de los huesos, con el corazón, con los pulmones, con el vientre, con la vida(…)”. ¿No es eso hermoso? Ellas asienten y les pido lo lean y den su opinión. Y opinan y piensan y sienten. No, que aunque me digan que ya no, sigo dando mis clases en lo que escrito. Y critico y bromeo y escucho; sobre todo, escucho, que para eso me hice maestra. Escucho y aprendo. “Y estoy convencido (a) de que resolveríamos muchas cosas si saliendo todos a la calle, y poniendo a luz nuestras penas, que acaso resultasen una sola pena común, nos pusiéramos en común a llorarlas y a dar gritos al cielo y a llamar a Dios(…).” Como yo lloro ahora en silencio.
Pero es que no, que no puedo guardarme sólo para mí a los autores amados. Que no puedo olvidar la Generación del 98. ¿Sólo para mí? ¿Y ellas? ¿Qué clase práctica y materialista les estarán enseñando? ¿Quién les hablará de Juan Ramón Jiménez y su Platero? ¿Quién les hará sentir, llorar, reír? ¿Quién les leerá Las confesiones de un pequeños filósofo de Azorín? ¿Se asomarán algún día a las Sonatas de Valle Inclán y a sus esperpentos y a su Tirano Banderas? ¿Dónde estaré yo sin ellas? ¿Dónde estarán ellas sin mí? ¿Por cuáles veredas transitarán mientras sueño y escribo? ¿Quién les hablará del “hombre masa” de Ortega y Gasset? ¿Quién les revelará qué es “La barbarie del ‘especialismo’ ”? ¿Quién las hará vibrar y pensar al leerles “Yo soy yo y mi circunstancia”? ¿Quién las enfrentará a lo más sagrado que hay en la vida, que no es otra cosa que ellas mismas, mirándose hacia adentro? ¿Y qué decirles de Pío Baroja, de su amor por la ciencia y la cultura que arrebata la fe religiosa? Me entristezco al no tener a quiénes leer lo que escribieron esos gigantes del 98. Yo, que ya les había entregado el programa y les había dicho qué libros leer. El perfil de la Generación; la preocupación por España; Castilla como centro espiritual y físico; la conciencia nacional; la postura anticlerical; la actitud de búsqueda interna; el signo lírico de la Generación. Ellas ante sí y su conciencia.