Críticos o estáticos, formados o no, las personas que nos leen se adueñan de la expresión escrita para validar pensamientos o desaprobarlos a partir de su propia experiencia. En otras palabras, no hay mejor opinión que la de éste. Si nuestro público no nos entendiera, seríamos autores de monólogos eternos, sin sentido.
La misión no es complacer. Tampoco formar, pero hay premisas que vienen de la mano entre los múltiples contenidos que aparecen en Prensa Libre –que no deja de ser un objeto constituido por papel y tinta o ahora en el nuevo milenio, parte de la pantalla de nuestra PC en línea- y las ideas de sus columnistas. Ser claros, trasmitir nuestro pensamiento con honestidad y veracidad, como debemos de hacer todos los periodistas, se convierte en misión de quienes tenemos el privilegio de acompañar, en cada entrega, la intimidad que representa el momento de la lectura.
El público se acerca cada día más a los escritores. Nuestros correos reciben, semanalmente, valiosas opiniones que nos incitan a seguir explorando y exponiendo nuevos contenidos. Los contestatarios, los menos conformes, son los que más nos acompañan ya que suelen brindarnos las respuestas inmediatas a nuestros pensamientos más aventurados y son, al mismo tiempo, quienes nos observan con lupa.
Parafraseando un epigrama antiguo en contra de Juan Pérez de Montalbán -que se puede encontrar completo en la Internet- podemos encontrarnos con que el público es ilustrado, indulgente, imparcial, respetable (sobre todas las cosas): no hay duda que existe pero ¿quién es el público y dónde se le encuentra? Pues en cualquier lugar fuera de nuestro propio cuerpo y que se convierte en nuestro sensor inmediato. En mayor o menor medida. Es por ello que para nosotros, los escritores, es tan importante. Ni se diga para los artistas.
Siguiendo el modelo depredatorio de Sergio Régules, el lector es como una presa: hay que agarrarlo desprevenido, atacarlo por sorpresa y saltarle al cuello antes que tenga tiempo de huir, o siquiera de darse cuenta de que le llegó la hora… se amplia en ejemplos elocuentes. En este sentido el autor lo que intenta decir es que al público hay que seducirlo y cazarlo, para que caiga en la trampa de nuestros escritos. Se ve violento pero es parte del encanto.
Yo, por mi lado, prefiero la versión del lector conciente que, con su opinión, amplía nuestras opiniones y hace valer, al mismo tiempo, su conocimiento –sea científico o no-. Desde esta perspectiva estamos hablando de un tête a tête en que más que verter conocimientos a lo bruto, intercambiamos experiencias… a lo bruto. Este intercambio es el que va haciendo el imaginario de los escritores y la base que nutre nuestro repertorio, contenidos o como se le quiera llamar. Los colegas, lapidarios algunos, entran dentro del tema de ser nuestro público más exhaustivo. Amén.