Chillida vive su tiempo, de esa estancia en París (1948-1951) debió experimentar, sin duda, el impacto típico del que quiere abrir su vocación ambiciosa a la escultura por cauces nuevos, o por lo menos personales, y se encuentra con precedentes magistrales.
Imaginamos su impresión al contemplar, la ?Columna de la Victoria?, de Pvsner o una ?Construcción lineal?, de Gabo, o simplemente el repertorio del también español Julio González, con el que se le ha conectado sin demasiada justeza.
Sus primeras obras en hierro son insólitamente delicadas, sin embargo poseen una voluntad de equilibrio y dinámica, los cuales prefiguran su futura gran obra, estas son monumentales y solemnes, en estas existe una ruptura con el naturalismo, y una más amplia reconsideración con lo que puede ser un realismo integral.
El escultor actual, tiene otros condicionamientos de los que es difícil inhibirse. La integración de las artes ha calado más intensamente en lo escultórico, de lo que ha supuesto para la pintura. La simple ubicación de la escultura, en el espacio determinado por el urbanismo y la arquitectura, subordina considerablemente la obra escultórica.
Pero lo que bulle fundamentalmente en la obra de Chillida, es el sentimiento de la naturaleza, esa naturaleza que atañe a su tierra y a todo ese conjunto de mitos y tabúes enraizados en la leyenda siempre un tanto misteriosa del pueblo vasco. Cede paso en él a una suerte de intuición de lo orgánico, de lo que puede injertarse en su sensibilidad y que le empuja a ser el gran ?oidor? de todas las voces tonantes y ocultas en la naturaleza que lo vio nacer.
En esta etapa inmediatamente anterior a su ?edad de hierro?, la piedra anticipa entre sus manos un cierto gusto por el alvéolo o las oquedades recónditas que más tarde habrá de llevarle a plasmar una preocupación laberíntica, posiblemente significativa por su constante interrogante sobre lo que haya de ser su propia expresión.
Paralelamente con su trabajo con el hierro, Chillida realiza parte de su obra en madera, maneja la sierra y la gubia, susceptibles hacia posibilidades que no la desnaturalicen. Su obra, ?Asbesti-gogora? -?Hacia lo alto?, del museo de Houston, viene a ser un contrapunto reverencial al árbol caído.
La constante de la naturaleza sigue constante en esta y otras obras de la misma serie, pero cada vez más dentro de las posibilidades que la madera permite. La idea laberíntica, que aquí, por la contextura de la materia, no pueden ser giros abismados, subsisten con cierta relatividad.
La idea racionalista de sus obras en alabastro y mármol, semejan maquetas arquitectónicas, pero es sólo una apariencia. Sus realizaciones de apariencia más abstracta siempre conservan un anclaje, una raíz humana, que se conecta con algo conformador de su espíritu, de su existencia personal.
Su obra posee la resonancia reservada a loas que poseen carácter universal.