Estas prendas interiores no se presentan como simple lencería, sino como verdaderas máquinas, estructuradas y elaboradas deliberadamente para dibujar un contorno femenino seductor o para evidenciar el poder de una nobleza erecta frente al pueblo pomposo y redondo.
Precisamente, los trajes de las últimas décadas de la Edad Media, expuestos en la capital francesa, permiten intuir una consciencia más concreta de la silueta y por lo tanto una predilección por las piezas que disimulaban, disfrazaban o enmascaraban el cuerpo.
Los corpiños de varillas y los miriñaques que se estilaron a partir de esta época delineaban una silueta muy singular, casi enteramente recreada por la ropa interior, y proponían un contorno abstracto en el que se desvanecía cualquier huella de naturalidad.
No obstante, a finales del siglo XVIII la futura “ciudadana” empezó a reclamar la libertad de formas, en cuanto a la vestimenta, para disfrutar de una libertad del ser más amplia.
Las mujeres de mediados del siglo XIX también estuvieron destinadas a ser verdaderos autómatas a las que se les recomendaba “mantenerse firmes y andar lentamente” .
Los primeros pasos hacia la liberación corporal femenina los dio, precisamente, la moderna lencería de principios del siglo XX.