Este sistema es paradójico, puesto que no se habla ni se hace referencia al ?buen negocio? ni mucho menos a la calidad de la obra de arte, sino exclusivamente se comenta el monto pagado.
Este principio tiene un efecto retroactivo. Si se paga tan caro deben existir buenas razones que justifiquen el gesto. ¿Cuáles son esas razones? La calidad de la obra, pues desde luego presumimos que es una pieza única e irreemplazable. Por consiguiente, no tiene precio.
Para un coleccionista, adjudicar el precio a una obra es fijar hasta dónde puede llegar la cuota de su chequera y el costo de su gusto, así como la mediatización y qué mercadeo entró en estas ?performance? financieras, cuando las sumas alcanzadas son fabulosas.
De esta manera, a partir de la década de 1980, aparecieron por primera vez en la televisión ?Los lirios? de Van Gogh, adjudicado por más de US$50 millones. Hay que hacer notar que no fue el dinero consagrado a la adquisición de la pintura, sino el dinero gastado en ella lo que hizo el evento.
Se comenta el ?dinero gastado? con admiración y asombro, pero la calidad de la obra de arte siempre es ajena a estos eventos comerciales. Uno de los últimos tuvo lugar en noviembre de 2000, un cuadro de P. Picasso, de la época azul, ?Mujer de brazos cruzados?, se adjudicó por US$40 millones.
Detrás de la hiper mediatización, de la cual su solo límite es el planeta, se esconde una antiquísima realidad. Desde la más remota antigüedad la obra ha sido objeto de monetización; después se fueron estableciendo sistemas más sofisticados.
Las subastas existían corrientemente desde los romanos. En esos tiempos se le denominaba ?octio?: se publicitaban y se enseñaba a los sirvientes el arte de saber subastar. Los principios ya estaban acuñados.
La idea, según la cual ?yo compro esto, luego lo hago circular?, transformó el mundo en una gran sala de subastas y del marketing. Se ha encontrado en tumbas etruscas (siglo VII a. de C.) huevos de avestruz africanas, vasos y platos griegos, y esculturas pequeñas egipcias. Los catálogos de venta por correspondencia son los hermanos mayores de los actuales.
El cardenal Richelieu tenía el suyo con dibujos de antigüedades romanas. Aun podríamos hablar del culto a la personalidad; los fanáticos de James Bond o el Hombre Araña no han inventado nada. En los primeros siglos de la Edad Media, la práctica fuerte del cristianismo, con visos claramente vandálicos, fueron ?las reliquias?, pero no se contentaban con un trozo de tela perteneciente al santo.
Estos pobres cristianos eran casi despedazados al morir, y las uñas, dientes, dedos, etcétera, eran vendidos al mejor postor.