Opinión

catalejo

Las fronteras de la ficción novelística

Mario Antonio Sandoval

Mario Antonio Sandoval

A CONSECUENCIA DEL aparecimiento de la novela Hombres de Papel, de Oswaldo Salazar, consistente en una ficción literaria de la forma como fue relación padre-hijo entre Miguel Ángel Asturias y Rodrigo Asturias Amado, su primogénito, ha surgido una discrepancia entre el autor y la familia de ambos. Para el escritor, se trata de un homenaje; para los Asturias, es una malintencionada manera de denigrarlos a ambos. La posibilidad de una demanda tanto al novelista como a la casa editora es una oportunidad de hacer algunas consideraciones acerca de la aplicación de la Ley de Emisión del Pensamiento en el campo de la literatura, especialmente en aquel del nebuloso género llamado “nueva novela histórica”, a veces indefendible.

LA NOVELA ES UN género integrante de la narrativa, junto con el cuento. Pertenece a la ficción, es decir, a una invención con personajes reales o imaginarios, cuya intención no es engañar al lector. Es raro encontrar una novela cien por ciento inventada por los autores, quienes siempre relatan al menos parcialmente sucesos ocurridos en la realidad, y por eso se ha señalado a esta última como la verdadera escritora del género. La novela histórica puede tener personajes reales a quienes se les involucra en forma directa o indirecta en tramas eminentemente literarias. Pero al final el desenlace novelístico no puede ser distinto a los hechos de la historia. Y, obviamente, las acciones realizadas por los personajes históricos tampoco pueden ser distintas.

SI LA “NUEVA” NOVELA HISTÓRICA permite la inventiva ficcional del autor en personas reales llamadas con su nombre verdadero, el asunto cambia de especie. La libre emisión del pensamiento —y la novela es una de sus evidentes formas— regula los delitos de injuria, calumnia y difamación, o sea, respectivamente, los textos insultantes o causantes de desmedro a la persona; las acusaciones de delitos y la divulgación de estos, en el caso hoy comentado, por medio de la escritura de un libro. Para evitar esto, los autores usan nombres ficticios aunque se refieran a alguien. El señor presidente, por ejemplo, no menciona a Estrada Cabrera. A veces la ficción literaria solo se refiere al ambiente histórico social del desarrollo de la novela.

ASÍ COMO EL INSULTO ES parte de la emisión del pensamiento, utilizarlo entra en el delito. Lo mismo ocurre con la libertad creativa literaria. Tiene, debe tener, un límite legal cuando expresa ficciones producidas por el autor, convertidas en narración de hechos falsos, diálogos inexistentes, opiniones inventadas. Las consideraciones vertidas en este artículo no se refieren a la calidad literaria de la novela, ni califica intenciones del autor. Tratan de analizar el tema de los necesarios límites de la novela histórica cuando tiene entre sus personajes “ficcionizados”, por decirlo así, a gente real, viva o muerta. Es una forma de pensar acerca del derecho de las personas a su honra, en grave peligro a causa de una mala interpretación de la libertad artística.

OTRO TEMA PREOCUPANTE es el efecto de la lectura de una “nueva” novela histórica. El Código da Vinci —un hábil producto de mercadeo, no de literatura en sí, una ficción de la primera a la última palabra— provocó romerías de turistas en Roma queriendo visitar los lugares históricos de la trama. Las afirmaciones producto de la libertad literaria se convierten en realidad para lectores crédulos. Es allí donde se debe analizar los límites de la escritura de ficción cuando involucran personajes históricos con su nombre propio. El tema es complicado y añejo. A mi juicio, este tipo de novela implica mucho riesgo porque de hecho puede caminar en la resbalosa y tortuosa ruta de la mentira, tan cercana también a la mala intención.