Opinión

Cable a tierra

La tragedia, una y otra vez

Karin Slowing

Karin Slowing

Huracán Mitch (1998); Stan (2005); Pacaya y Ágatha (2010); Tormenta 12E (2011; terremoto en San Marcos con efectos en todo el altiplano occidental (2012); segundo terremoto en San Marcos (2014); soterramiento por deslave de El Cambray; Santa Catarina Pinula (2015); entre uno y otro desastre mayor, decenas de incidentes de pequeña y mediana escala por todo el país, cuyos efectos deletéreos se van acumulando y acumulando en una espiral sin fin.

Conred tiene identificados más de 10,051 puntos de riesgo diseminados por todo el territorio. Hace ocho años eran como ocho mil. Obviamente, con cada evento, la situación solo ha empeorado. Cada desastre modifica la topografía y profundiza la vulnerabilidad de la población frente al siguiente evento. El Estado poco ha hecho para romper con ese circuito vicioso.

Hoy lloramos el desastre más reciente: el lahar desatado por la lluvia y la erupción violenta del Volcán de Fuego el pasado domingo. Su magnitud, en términos de vidas, pérdidas y daños ni siquiera lo conocemos todavía. Hablamos en esta ocasión de varias aldeas, de comunidades enteras que fueron arrasadas y/o soterradas. Cientos de familias de quienes aún no sabemos nada. No hay un pinche censo que diga cuánta gente podría esperarse que habitara en el área; los datos demográficos y de lugares poblados están escritos con chicle; se acortan y ensanchan a conveniencia. Pocos saben quién vivía dónde, más que la propia gente del lugar.

Más que tristeza, siento rabia, frustración e impotencia de ver que el ciclo de la tragedia se repite y se repite mientras que desde el 2010 está engavetada en el Congreso la iniciativa de ley de ordenamiento territorial. Seguro que ni el flamante ministro del helicóptero ni sus “asesores” entienden que el Ministerio de Ambiente existe para que la legislación ambiental y de cambio climático que ya tiene el país se aplique y se cumpla; que el MARN no existe para facilitar un corrupto mercado de estudios de impacto ambiental que avalan cualquier cosa, incluidas inversiones millonarias en lugares no aptos o de alto riesgo.

Hay una cartera de proyectos estratégicos para la recuperación de cuencas, de masa boscosa y para la mitigación y adaptación al cambio climático archivada por allí; que nunca entra en la programación anual de la inversión pública. ¿Cómo cambiamos las cosas entonces?

Van ocho años desde que se planteó la urgencia del fortalecimiento institucional del sistema Conred. Desde entonces está hecho el proyecto concreto para volverlo realidad. Se necesitaba invertir 200 millones de quetzales, pero pareció “muy caro”. Solo en uno de los desastres mayores de la década, las pérdidas sumaron casi ocho millardos.

Siempre hay excusas para no impulsar las acciones de fondo que podrían cambiar para bien la situación del país. ¿Por qué? Por lo visto, el mercado de la tragedia y el dolor parece ser muy rentable. En el corto plazo, la solidaridad de la gente hace que se incremente el consumo de artículos de uso diario. Nos permite, además, sentirnos bien ayudando al prójimo; en el mediano plazo se mueven los mercados de obra pública, de tierras, de materiales de construcción y, detrás de ellos, la transa. Al final, sin cambios y regulación que tomen el riesgo en serio, todo eso resulta solo en otro lastre para el desarrollo. Cada vez cuesta más recuperarnos de los daños y hay que hacerlo en menor tiempo.

La caridad y solidaridad en el corto plazo están muy bien, pero para que cientos y miles de personas recuperen su patrimonio y comiencen de nuevo se necesita mucho más. No digamos, para evitar nuevas tragedias como la que ahora nos conduele a profundidad.

karin.slowing@gmail.com