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EDITORIAL A 20 años de una matanza
Hoy se cumplen veinte años del incendio de la embajada de España, uno de los casos más trágicos de la historia del enfrentamiento armado interno, y que demuestra como pocos los excesos a los que llegaron las partes en conflicto y provocaron la muerte de tantos inocentes.
En resumen, un grupo de integrantes del Comité de Unidad Campesina, CUC, ocupó la sede de la embajada con el objetivo de presionar al Gobierno de entonces, presidido por el general Fernando Romeo Lucas García, quien como es conocido, fue uno de los regímenes más sanguinarios y violadores de los Derechos Humanos que haya habido en el continente latinoamericano.
Lucas, haciendo caso omiso de la extraterritorialidad de la embajada, envió fuerzas policiales para rodearla y tomarla por asalto. Cuando éste comenzó, en la confusión hubo disparos y de pronto la casa quedó en llamas porque estallaron los cocteles molotov que llevaban los campesinos, integrantes de una organización de fachada de la guerrilla.
Como resultado, perecieron carbonizados los asaltantes, personal español y guatemalteco y visitantes, y los licenciados Eduardo Cáceres Lehnhoff, ex vicepresidente, y Adolfo Molina Orantes, ex canciller, ambos prominentes e intachables, quienes por eso y por haber servido en los gobiernos, de hecho fueron condenados a muerte al ser invitados con insistencia por el embajador español Máximo Cajal y López, quien salió con rasguños, al escaparse convenientemente por una puerta. En total murieron 39 personas, incluyendo un herido que horas después fue rematado a tiros en el hospital donde había sido trasladado.
El caso demostró la brutalidad del gobierno de Lucas y la irresponsabilidad de la guerrilla al enviar a esa misión de muerte a varios campesinos, pero además la intromisión en los asuntos internos de Guatemala por un embajador español abiertamente simpatizante de la causa guerrillera. España rompió relaciones con Guatemala, que se reanudaron durante el régimen de Mejía Víctores, luego de que Guatemala aceptó ser la única responsable de lo ocurrido.
Los 36 años de conflicto estuvieron llenos de ejemplos de excesos de ambas partes, pero pocos como éste. Es ejemplo de lo que debe ser perdonado y olvidado como una muestra indispensable para dejar atrás esa trágica parte de nuestra historia, en la cual Guatemala debió pagar sus contradicciones e injusticia internas y su posición geográfica y de la guerra fría que se libraba en prácticamente todo el mundo para lograr la hegemonía de una de las dos grandes potencias. Y ocurrió nueve años antes de que con la caída del muro de Berlín empezara el derrumbe del comunismo.
A veinte años de distancia, es posible analizar con serenidad lo ocurrido en sus efectos y causas, y comprender que era una lucha donde no estaban "los buenos" de un lado y "los malos" del otro, sino que nadie era "bueno". Es una etapa que todavía debe ser escrita por sus protagonistas y analizada por historiadores no comprometidos.
Los guatemaltecos debemos recordar la memoria de los caídos, de las vidas desperdiciadas y de las que fueron cambiadas para siempre por haber tenido familiares entre quienes murieron en hechos como éste. Ese dolor humano es lo más importante, porque la ideología no hace distintas a las lágrimas.
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