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Vivir es una aventura mortal
Por:
Irina Darlée
Kafka, este autor que ha sido muy leído, fue mirando la vida como un vasto jeroglífico con signos indescifrables.
Sus textos dan la impresión general que el ser humano está aplastado por el Estado. Su novela “El proceso” es un libro misterioso, una alegoría del hombre que vive una vida de dolor, de incertidumbre, y que muere como un perro, según se lee en las páginas finales de “El proceso”.
Kafka fue un hombre atormentado y un escritor sincero. Era el único que pudo escribir obras como “La metamorfosis”. La sombra de su propia existencia se proyecta sobre sus escritos y les confiere un gran valor. Todos, en efecto, deseamos el mínimo del Estado y la mayor libertad posible. ¿Pero acaso es el Estado culpable de las enfermedades, de los defectos físicos, de las graves anomalías psíquicas o de la frustración que en tantos momentos decisivos de la vida afectan a los individuos?
Sin embargo, los males que proceden de la naturaleza pierden su trascendencia ante las terribles matanzas del Estado del siglo pasado, del comunismo y del nazismo, con sus campos de exterminio o de concentración. Kafka es un anarquista intelectual, un rebelde o un espíritu atormentado. Para él, según sus cartas, constituía una terrible violencia acudir cada día al trabajo. Pensó más de una vez en dejar su empleo en la compañía de seguros, con tal de disponer de tiempo libre para su vocación de escribir.
Era muy enfermo y escribió en una de sus cartas: “...no estoy bien; con el despliegue de energía que necesito para mantenerme con vida y no perder el juicio, hubiese podido construir las pirámides...”. Su vida parece una negra aventura mortal como la de K., un hombre honrado que en todo momento y circunstancia quiere serlo.
Hebreo, checoeslovaco de habla alemana, muerto en 1924, a los 42 años, presiente el exterminio del individuo, el desprecio y humillación de los judíos. Adivina los trenes de ganado en que se embarca a seres humanos, las cámaras de gas, los crematorios... El hombre aplastado por el Estado, que Kafka capta con su “radar”, un espectáculo terrible de la historia, de la política, de las dictaduras y del genocidio.
Mira justo al frente, por donde ha de venir el peligro. K. no sabe por qué lo arrestan, pero existe esta amenaza en “El proceso”, una obra de una sequedad profunda, sin brillo, gris, cuya lectura requiere un esfuerzo, llena de hechos que podemos definir como inverosímiles, de un hombre que sufre y busca el porqué, sin esperar respuesta.
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