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EDITORIAL Criminal falta de medicinas
El Hospital General San Juan de Dios atraviesa por un peligroso desabastecimiento de medicamentos e insumos, como consecuencia del insensato bloqueo del Congreso a la República a la compra de esos productos por medio de contrato abierto.
Las consecuencias de la inhumana negativa de los diputados a resolver este apremio del ramo de salud comienzan a sentirse, como era previsible, en perjuicio de los sectores más necesitados del país, porque es a ellos a quienes sirve la red nacional de hospitales del Estado.
Es penoso, como bien lo señalaba ayer la diputada Nineth Montenegro, que por razones políticas los legisladores se nieguen a autorizar aquella excepción para abastecer los hospitales, pues su urgencia es evidente e innegable por razones humanas de interés social.
Si los congresistas ignoran el clarísimo precepto constitucional de la obligación del Estado —del que ellos forman parte— de velar por la salud de los guatemaltecos, por lo menos deben desentrampar el asunto por un gesto humanitario, pues están en juego muchas vidas.
Los diputados se cierran en su obcecación criminal a la compra de medicinas, pero no promueven opciones para resolver el embrollo.
Por ejemplo, una reacción sensata sería que se alejaran momentáneamente de sus curules y de las pugnas intestinas características de su desempeño, y se trasladaran al campo a constatar la situación hospitalaria y buscar soluciones a sus carencias.
Eso sería una forma civilizada de usar la posición política en cursos de acción distintos a los que adversan y de privilegiar la cooperación sobre el conflicto.
Empero, este ejercicio sólo será posible y genuino cuando tengan el más íntimo y elevado convencimiento de su compromiso de servir a la nación y a sus habitantes, porque entonces unirían esfuerzos con las autoridades del ramo en la búsqueda de las salidas más oportunas, transparentes y menos onerosas.
De esta manera también exorcizarían sus demonios de crítica, censura y hasta de linchamiento político.
La experiencia del San Juan de Dios comprueba la persistencia de la falta de entendimiento de muchos funcionarios de las prioridades de un país caracterizado por sus elevados índices de desnutrición, pobreza, desempleo, exclusión y marginación.
Esta patética ignorancia es una característica de los diputados, quienes viven una realidad etérea, entre ingresos decorosos, privilegios, las mieles del poder y una vida principesca.
Esta tragedia se complica por la falta de cultura política para separar las rivalidades, enemistadas o malquerencias de la genuina oposición.
Por lo general, la mentalidad del político guatemalteco es obstruccionista, no propositiva, y su meta es no dejar gobernar, en la creencia de que eso le redituará simpatías para llegar al poder.
No les importa que las víctimas de sus maquinaciones perversas sean sus potenciales electores.
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