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Guatemala, jueves 10 de febrero de 2005

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Opinión

EDITORIAL
Juventud copada por pandillas

No es nada nuevo, pero preocupa e indigna conocer que numerosas adolescentes guatemaltecas se encuentran enroladas en pandillas, en donde, en la mayoría de los casos, de manera obligada, so pena de perder su misma vida, son puestas al servicio del crimen, como una nueva modalidad para encubrir o dar un rostro menos cruel a las fechorías cometidas por las maras.

Se trata de un problema social de gran envergadura y amplísima repercusión, porque sus efectos perniciosos afectan a la familia y a la sociedad, y se extienden como cáncer por infinidad de apéndices de la estructura comunitaria, como la educación, la seguridad pública, la observancia de las leyes y el futuro del país.

Esto último acapara, desde luego, la mayor preocupación, porque la educación, la conducta y los valores éticos y morales inherentes a la juventud de hoy dan idea de la clase de sociedad y de nación de la Guatemala del futuro.

Infinidad de factores se confabulan en el deprimente entorno del pandillerismo. El primer estadio de la rebeldía juvenil debe buscarse, obligadamente, en las rencillas de los padres en el hogar, la ausencia de valores o el abandono del hijo, debido a la necesidad paterna de trabajar, ya sea dentro o fuera del país.

En el caso de quienes han emigrado, sus hijos suelen tener sus necesidades materiales satisfechas, pero al mismo tiempo, llevan a cuestas la pesada cruz de su inmensa soledad, la cual abre espacios a las tentaciones de las malas compañías, ligadas a drogas, licor, prostitución, pandillerismo y crimen.

En la sociedad, el joven está expuesto a una desvalorización descarnada y al incesante bombardeo de vívidos ejemplos de impiedad e insensibilidad propios de una convivencia violenta.

El resentimiento traído del hogar lo hace rebelde, con el campo fértil para ser absorbido por las maras y para convertirse en mal ejemplo de vida para quienes lo ven y para aquellos hijos que habrá de engendrar en los desenfrenos propios de una vida promiscua.

Mas no por complejo el país se va a cruzar de brazos. La acción correctiva debe provenir, primero, de aquellos hogares en los cuales aún quedan rastros de decencia, para corregir sus yerros y detectar y manejar, con amor, las conductas sospechosas de sus hijos.

Además, el Estado debe mejorar la oferta educativa e insistir en ella en los valores morales, junto con otras acciones de éxito ya probado en otras naciones, como las escuelas de oficios, en las cuales los adolescentes en malos caminos encuentran espacios para dar rienda suelta a sus energías, pero privilegiando lo positivo y lo edificante.

No menos importantes son las sanciones a los delitos de los mareros, pero sin descuidar el objetivo principal de rehabilitarlos y reinsertarlos socialmente, porque la represión indiscriminada de “mano dura” sólo alimentaría resentimientos y llevaría a más violencia.

Además, en esta sección:

 

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