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EDITORIAL Fue víctima del crimen común
El caso jurídico de uno de los asesinatos más lamentables ocurridos en Guatemala en los últimos años, el del destacado líder indígena Antonio Pop Caal, tuvo su desenlace ayer, cuando un tribunal de Alta Verapaz condenó a cien años de prisión a los cinco asesinos y absolvió a otros tres acusados.
El esclarecimiento de lo ocurrido abre la puerta a una serie de consideraciones que demuestran, fundamentalmente, la indefensión que sufre la ciudadanía ante la acción de los criminales comunes.
El licenciado Pop Caal unía en su persona una serie de cualidades. Era el primer abogado integrante de la etnia q’eqchi’ que ejerció su profesión en Cobán. Hizo estudios de filosofía y de teología en Salamanca, España, además de ser un sacerdote maya.
Todo ello lo hacía una de las personalidades más importantes de la intelectualidad indígena del país y un guatemalteco que lo había representado en forma adecuada en diversas actividades extranjeras.
Cuando se supo de su desaparición, el 9 de octubre del 2002, y luego su cadáver apareció decapitado el 17 de octubre en el fondo de un pozo, además de las protestas nacionales e internacionales, se sospechó de inmediato de que el crimen había sido consecuencia de sus actividades en pro de los diversos grupos indígenas del país.
Se creyó que era una víctima más de los poderes ocultos y paralelos que lamentablemente aún existen y cortan en forma impune la vida de ciudadanos destacados.
La verdad es que fue víctima de criminales comunes, todos ellos indígenas q’eqchi’es, quienes lo asesinaron cuando la familia de la víctima no pudo reunir los Q200 mil exigidos como rescate. No es entonces un caso de racismo o de motivación política o ideológica.
Simple y desafortunadamente, la indudable valía del licenciado Pop Caal no pudo convertirse en un escudo que lo protegiera de la acción de delincuentes, de gente ignorante e incapaz de comprender el alcance de un crimen de esta naturaleza, no sólo porque terminaron con un ser humano sino porque el hecho aumentó el desmedro a la imagen nacional, y provocó angustia en algunos sectores que temieron un retroceso en el tema de las relaciones inter-raciales en Guatemala.
Lo ocurrido demuestra que la criminalidad se puede presentar en cualquiera de los grupos sociales, raciales, económicos o culturales del país. Pone de manifiesto, además, que todos los hechos delictivos, en especial los asesinatos, deben ser analizados con sumo cuidado, para evitar las conjeturas acerca de cuál es la causa o quién es el autor intelectual.
Al quedar claro que este crimen fue de naturaleza común, se elimina la posibilidad de la duda acerca de la persistencia de las fuerzas oscuras anidadas en el pasado histórico reciente.
Antonio Pop Caal debe ser considerado por las generaciones indígenas actuales como un hombre que abrió una brecha, que logró triunfar pese a todos los problemas y sobre todo las incomprensiones. Solamente estará en realidad muerto si su ejemplo no es seguido por quienes tienen el orgullo de llevar en sus venas sangre de alguna de las etnias indígenas guatemaltecas.
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