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EDITORIAL Las lecciones del caso de Bolivia
Todo lo que está ocurriendo en Bolivia se convierte en un catálogo de lecciones que deben ser tomadas en cuenta y comprendidas en la manera más seria posible, porque estamos hablando, en pocas palabras, del ejemplo máximo de ingobernabilidad y de caos social, político y económico, con la particularidad nefasta adicional de que en mayor o menor grado puede extenderse a lo largo y ancho de América Latina, en una aplicación en la vida actual de la vieja teoría del dominó que se utilizaba en los tiempos de la Guerra Fría.
La Organización de los Estados Americanos demostró ayer, con su decisión de soslayar de hecho el grave problema de Bolivia, que se trata de una institución ya superada por las realidades actuales del continente, donde la celeridad de las reacciones, de las decisiones y de las actuaciones, es factor fundamental para la efectividad de la organización cuando es llamada a solucionar por la vía diplomático-política las crisis como la que ahora azota a ese hermano y problemático país sudamericano.
Lo ocurrido en Bolivia es el resultado de la mezcla de una serie de factores. Por un lado, el espíritu antiestadounidense que está renaciendo en algunos lugares del continente, por razones que van desde las plenamente justificadas hasta las que sólo se pueden explicar como reacciones viscerales y sobre todo anacrónicas, al responder a criterios propios de la afortunadamente ya superada Guerra Fría que asoló al mundo durante casi cinco décadas. De esto, el representante más claro es el gobernante venezolano Hugo Chávez.
También es responsable el populismo. El boliviano Evo Morales, fanático admirador de Chávez, es un líder de carisma negativa que por ello mismo despierta entre sus conciudadanos un influjo tan terrible como en su momento lo hicieron los cabecillas del nazismo y del fascismo en la Europa de los años 30.
Pero la pregunta siguiente es por qué razón surgen los líderes populistas que con sus acciones no podrán menos que destruir las democracias. Es allí donde empieza la necesidad de pensar en el papel de los políticos, analizados como un gremio.
Los Carlos Andrés Pérez, los Alfonso Portillo, los Daniel Ortega, los Carlos Menem, los Allan García, por mencionar unos cuantos, son el símbolo de una clase política únicamente interesada en el robo, en el saqueo de la cosa publica ya sea por su medio o el de su parentela y su pandilla política. No se puede negar que en América Latina se da un proceso de lo que se podría llamar “eferregización”, “riosmontización” o “portillización” de la actividad política.
El avance de los medios de comunicación hace que en cosa de segundos los habitantes de todo el continente se puedan enterar de lo que ocurre. Si las masas latinoamericanas ven el éxito de sus acciones violentas a consecuencia de la traición de los amigos de un presidente, por ejemplo, mal haría éste si los coloca bajo el mando de la impunidad. Por eso, las lecciones del caso de Bolivia están allí, claras, para todo aquel que tenga la voluntad de verlas.
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