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COLABORACIÓN Recuperación del pasado
El patrimonio es un legítimo motivo de orgullo
Sébastien Perrot-Minnot
Pocas ciencias han sido, como la arqueología, objeto de tantas pasiones ideológicas. Es común y comprensible que los vestigios del pasado sean utilizados para servir místicas nacionalistas y corrientes ideológicas. El fenómeno no es nuevo.
Hace cinco siglos, por ejemplo, los papas del Renacimiento, admiradores y nostálgicos de la grandeza de la Roma antigua, ordenaron el estudio y la preservación de los grandes monumentos de la antigüedad.
Pero la recuperación ideológica del pasado empezó a cobrar mucha importancia en el siglo 19, cuando se desarrollaron las doctrinas políticas, los nacionalismos y la arqueología.
Podemos citar algunos casos interesantes de recuperación del pasado en regiones, épocas y entornos muy diferentes.
En Francia por ejemplo, la búsqueda del sitio de Alesia, donde el cacique galo Vercingetórix luchó contra el invasor romano Julio César en 52 aC, apasionó a la clase política del Segundo Imperio (1852-1870), que consideraba a Vercingetórix como un héroe nacional.
En la vecina Alemania, durante la dictadura nacional-socialista (1933-1945), el Estado promovió una arqueología racista.
En el África sudoriental, la República de Zimbabwe, que se independizó de Inglaterra en 1980, puso en su bandera un águila inspirada en pequeñas esculturas que tienen varios siglos de antigüedad.
Los países del continente americano no escapan a la regla. La revolución mexicana, en los años 1910, glorificó los vestigios prehispánicos, y desde entonces, la arqueología tiene un papel muy importante en el país azteca.
Y en Guatemala, los grandiosos legados del pasado están valorados, a veces, en una perspectiva nacionalista o indigenista.
Estos son unos pocos ejemplos, muy elocuentes, de la utilización ideológica de las antigüedades y la arqueología. La recuperación del pasado no es siempre condenable.
El patrimonio es un legítimo motivo de orgullo. Puede fortalecer la identidad y la solidaridad en los grupos humanos, y nos hace reflexionar sobre el futuro.
El arqueólogo tiene que tomar muy en cuenta las sensibilidades de las poblaciones locales en la conducta de su proyecto y la manera de presentar los resultados.
No obstante, es necesario recalcar que la arqueología es una ciencia, y como tal, su objetivo es llegar a conclusiones rigurosamente demostradas. El propósito del arqueólogo es entender mejor el pasado, sin prejuicios.
Creo que el estudio de las sociedades antiguas nos enseña en particular la prudencia y la humildad.
Las civilizaciones son mortales, como lo expresó el poeta francés Paul Valéry en 1919, poco después de la Primera Guerra Mundial.
Cada civilización, sin embargo, deja un legado perenne y ciertas lecciones para las generaciones futuras.
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