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Guatemala, lunes 17 de julio de 2006

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Opinión

EL QUINTO PATIO
Los dictadores

No son exclusivos de América Latina, ni en su estilo de gobernar ni en las devastadoras consecuencias de sus actos.
Por: Carolina Vásquez Araya

Unos han sido de derecha, y otros, de izquierda. En América Latina, la mayoría respondió a las presiones de la guerra fría en un mundo bipolar del cual, aparentemente, queda sólo un polo hiperdimensionado que no admite discusión.

Pero los dictadores, todos, comparten en esencia ciertas características básicas, como el desprecio por los derechos humanos, la corrupción, el abuso de poder hasta extremos inconcebibles, la destrucción de la institucionalidad y la protección de intereses contrarios a su país.

El dictador surge, por lo regular, después de un período de crisis y cambios, inestabilidad económica e inseguridad. La gente clama por “mano dura” y es ahí donde les permite escabullirse solapadamente entre otras opciones más democráticas, ignorante de sus intenciones y de la amenaza que representan sus propuestas.

Así empezaron algunos de los carniceros más notables de la historia reciente de nuestro continente, cuyas siniestras hazañas no terminan de asombrar aún veinte o más años después de cometidas.

La democracia es frágil e inestable cuando no ha tenido tiempo para consolidarse en la mente y en la idiosincrasia populares. Por eso en algunos países se produjeron durante decenios cadenas de dictaduras que no dejaron espacio para la reacción, como sucedió en Bolivia, Argentina y Guatemala.

En Chile fue distinto. El general Pinochet logró engañar a medio mundo, construyéndose una imagen de gobernante duro, pero honesto; sanguinario, pero capaz de resistirse a la tentación de robar un centavo a la nación. Mejor aún, exento del todo de ese bajo impulso que caracterizó a todos sus colegas de otras latitudes.

Ahora, muchos años después, comienza a relucir la verdad de su honestidad. Según su más fiel servidor durante los años de la dictadura, no sólo robó sino estuvo involucrado de manera directa y personal en la elaboración y el tráfico de drogas.

Y, finalmente, después de las espeluznantes revelaciones respecto a su dictadura, ¿a quién le puede sorprender que se haya enriquecido gracias a la cocaína?

Su colega centroamericano, el general Ríos Montt, después de negar durante años todas las acusaciones sobre su participación en crímenes de lesa humanidad, sorpresivamente deja escapar una incriminación contra quienes gobernaron bajo su mando, aceptando que se cometieron excesos.

Excesos, en su idioma, puede significar muchas cosas, pero básicamente es el exterminio de poblaciones enteras, tortura institucionalizada, asesinatos selectivos y el aniquilamiento sistemático de todo intento de democracia. Falta ver qué pasó, igual que en el caso chileno, con el dinero y la droga.

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