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EDITORIAL La politiquería renueva fuerzas
Las maquinaciones características del juego político guatemalteco cobran ímpetu a medida que se acerca el proceso electoral. Su efecto más visible es el asomo de un panorama difuso y hasta tenebroso respecto del futuro del país.
Dos batallas recientes -una abierta, y la otra con disimulado trasfondo partidista- en el Congreso de la República y la Corte Suprema de Justicia (CSJ) son ejemplos del juego de los politiqueros en la antesala del año electoral. Si esas actitudes se desbordan, dañarán seriamente el precario equilibrio de la gobernabilidad, en especial por el inocultable afán revanchista de algunos beneficiados con cuotas de poder.
El consenso pírrico alcanzado en la CSJ, luego de dos semanas de agrias disputas, dejaron en el ambiente la pregunta, hasta ahora sin respuesta, sobre las razones y la recompensa exigida por el llamado grupo de los seis para desistir de su hasta entonces irreductible oposición a negociar con el otro bando.
Está latente, asimismo, la duda sobre si obedece a consignas de un partido político, dado que acoge en su seno a un magistrado con fama de manipulador y con viejas preferencias partidistas.
La oposición en el Congreso también ha propinado dos zarpazos a la falta de certeza de todo tipo, al reformar la Ley de Antejuicios con el doble propósito de perseguir a sus adversarios en el gobierno actual y futuros, y a quienes los políticos sin escrúpulos necesiten extorsionar para obligarlos a hacer su voluntad, mientras por el otro lado lleva a nivel de invulnerable la coraza protectora de los diputados para evitar responder a la justicia por sus andanzas delictivas.
El grupo multipartidista que en enero tomará el control del Congreso se estrenó, pues, con una demostración de cohesión y fuerza en el empleo del poder democrático para fines aviesos y perversos, pues además de aquel engendro güizachesco, también ha hecho saber su propósito de entorpecer al Ejecutivo -y con ello, la marcha del país- por medio de la instrumentación político-partidista del presupuesto de la Nación.
Todo lo anterior da suficientes razones para presagiar un escenario electoral ingrato y ponzoñoso, con suficiente encono para seguir cultivando en los ciudadanos la desconfianza en los políticos, en el proceso electoral y, al final, en la democracia como forma de gobierno.
Mientras la sociedad ajena a estas pasiones lucha con mucho esfuerzo para enfrentar los obstáculos del desarrollo económico y social, los políticos se empeñan en generar caos e incertidumbre y en agravar, en la inversión extranjera, la desconfianza en Guatemala, debido a la inseguridad, la falta de infraestructura y servicios y, fundamentalmente, de certeza jurídica. A causa de ello, las reglas del juego no son duraderas ni confiables.
Es irónico, pero los obligados a buscar soluciones a los numerosos problemas del país son quienes más se empeñan en ponerle zancadilla.
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