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SENTIDO COMÚN Competitividad europea
La realidad se impone aún en los países ricos.
Por:
Manuel F. Ayau Cordón
El gobierno alemán quisiera bajar el impuesto a las utilidades de las empresas (Financial Times julio 13, 06) para mejorar su competitividad. Por la misma razón (competitividad) el gobierno Francés, intentó sin éxito flexibilizar su legislación laboral.
Suecia comienza a disminuir su estado benefactor porque según economistas suecos Bergnstrom y Gidehag el 40% de sus hogares ya calificarían en la clase de ingresos bajos en EE.UU. Según la OECD los estados benefactores europeos se están rezagando. Cada día pierden competitividad.
¿Por qué importa la competitividad al grado que los políticos europeos aceptan el costo político de enfadar a la izquierda y a los sindicatos y de favorecer a las empresas? La respuesta es porque saben que tendrá un mayor costo político el caro estado benefactor con su alto desempleo y pérdida de algunas industrias importantes que se van a mejores horizontes.
No faltará quienes pretendan impedir por ley que se vayan empresas e impedir que se reduzcan “conquistas” laborales que ofrecen (ilusoria) seguridad en el empleo a los trabajadores que ya tienen empleo, pero que no permite a las empresas reorganizarse competitivamente.
También hay presión política para no reducir los impuestos a las utilidades de las empresas porque tienen bolsillos profundos. Pero la realidad es implacable: si sus empresas exportadoras han perdido competitividad económica, perderán mercado ya que obviamente no pueden pasar una ley obligando a sus clientes en otros países a seguir comprándoles; ellos simplemente comprarán en otro lado.
Y cuando las empresas pierden clientes, cierran, aumenta el desempleo y bajan los ingresos fiscales. Todo eso tendría un mayor costo político que corregir impedimentos a la productividad.
Países desarrollados, como Suecia que a través del tiempo implementaron más y más gastos sociales los están reduciendo y racionalizando, pues ya no son económicamente sostenibles.
Los pueblos ya se dan cuenta de que no hay nada gratis y que para cubrir beneficios a unos sus gobiernos primero les tienen que quitar a otros. No es fácil. Por ejemplo, también en EE.UU. el presidente ha tratado de explicar a su pueblo (sin éxito por razones políticas) de que su sistema de seguridad social está en bancarrota y que deberán ajustarlo a la realidad.
Nadie está en contra de proveer sustento al menesteroso, siempre que no se fomente la indigencia. Pero aún un país rico debe considerar la dificultad de sufragar gastos sociales frente al cambio demográfico. Como el tamaño de las familias es menor que antes, disminuye la proporción de trabajadores jóvenes que se resisten a pagar el gasto de los viejos, cuyo número va en aumento gracias a mayor longevidad.
Los países pobres no han pasado por las experiencias de los ricos porque como se les indujo a copiar la legislación social antes de ser ricos, se quedaron pobres. No repararon en que los países ricos hicieron su infraestructura productiva competitiva primero y que después adoptaron la legislación social que ahora tienen que moderar porque no la pueden sufragar si es que quieren conservar su clientela, para seguir disfrutando del alto nivel de vida que han logrado. La realidad se impone aún en los países ricos.
El error de los países pobres es copiar las políticas sociales de los ricos antes de estar en condición de sufragarlas. Por ejemplo, mantener el necio, ideológico y absurdo impuesto a la productividad, es decir, el impuesto al rendimiento de las inversiones (el ISR), y el de impedir la eficiente logística con la arcaica costumbre de tener aduanas, como si el eliminarlas resultase tan catastrófico como el no tenerlas entre Quetzaltenango y Escuintla.
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