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DE MIS NOTAS Entre las nubes del Ixil
Vivencias que valen oro.
Por:
Alfred Kaltschmitt
Salimos temprano el viernes por carro, pues una copiosa lluvia tenía abrazada de humedad a la capital desde la noche anterior. Imposible salir por aire a la región Ixil. El plan de contingencia contemplaba hacer el viaje en vehículos de doble transmisión en caso de no poder volar en avioneta hasta la pista de Ajt Tumbal, en Nebaj.
Abordamos los vehículos de doble transmisión y tomamos la carretera de occidente hacia Quiché, pasando por Chichicastenango, luego Sacapulas, atravesando el puente sobre el río Negro, y luego iniciamos el ascenso hasta coronar la cordillera de Los Cuchumatanes, pasando por Cunén, donde casi siempre, después del mediodía, las nubes se dan cita para danzar sobre los lomos de esas impresionantes y enormes montañas milenarias.
La carretera asfaltada ha transformado toda esta región, antes casi aislada por la lejanía y la dificultad de acceso. Los habitantes de la región Ixil, compuesta por los municipios de Nebaj, Cotzal y Chajul, están ahora conectados al mundo exterior.
Me asaltaron viejos recuerdos de casi un cuarto de siglo, cuando acabábamos de crear la Fundación Agros -una ONG cuya visión era, es y seguirá siendo ayudar con nuevos enfoques de desarrollo a las comunidades indígenas más necesitadas de esa región-. Entonces tenía que transitar por un estrecho camino de terracería, saturado de hoyos y charcos.
Las travesías podían durar hasta 14 horas, dependiendo del estado del camino y de si había o no algún atascadero o derrumbe que impedía el paso. Toda esta región estaba aislada, y la guerra la tenía aún más deprimida.
Esta vez, en menos de cuatro, horas estábamos arribando desde la capital a la cima del bello valle que rodea Nebaj. Me acordé de la vez que con mi querido amigo Mario Morales nos detuvimos en ese mismo lugar, para divisar la belleza escénica del Ixil. Eso fue hace casi 25 años, y en plena juventud, cuando creíamos que no es ni con espada ni con ejércitos que se cura la pobreza, sino con amor y solidaridad para con el prójimo y el mensaje que encierra el ejemplo de un gran político llamado Jesucristo.
¿Cómo poder reducir en un unos cuantos párrafos lo que con tanta intensidad vivimos con mis compañeros de junta directiva estos últimos tres días? Todavía me enorgullezco de la primera promoción de carpinteros graduados del centro de capacitación en Nebaj, cuando lo visitamos.
Evoco las imágenes del que será el próximo Centro Tecnológico de Nebaj, y lo avanzado que va la construcción de los varios edificios de aulas, talleres de capacitación, centro de computación, albergues para el personal y los estudiantes, y las parcelas de demostración de agricultura intensiva. Este centro permitirá graduar a técnicos universitarios en agroforestería y agropecuarios, así como ecoturismo, además de capacitar en diferentes oficios de mano de obra calificada.
Pasamos a visitar seis de las 22 agroaldeas que Fundación Agros ha desarrollado a través del tiempo: La Esperanza, Belem, Caxijay, Xeucalvitz, Trapichitos, Batzchacolá y Sumalito. En tres hemos podido hacer caminos de terracería. Al ver los enormes abismos, se puede dimensionar la dificultad que tal proeza entraña.
A vuelta de rueda, subiendo y atravesando hasta tres microclimas diferentes al hacer ascensos y descensos de casi cuatro mil pies de altura, pudimos visitar los proyectos y hablar con paisanos agradecidos, cuyas vidas y las de sus hijos han sido transformadas por tener acceso a viviendas dignas, agua potable, escuelas, atención de la salud y capacitación agropecuaria.
En la ceremonia de la agroaldea Belem, todavía puedo ver la cara de alegría de Pedro Raymundo, al recibir el título de propiedad de su parcela.
“Pasame la servilleta”, me dijo a la salida el compañero, con lágrimas en los ojos, mientras pasábamos la valla de uno de los tantos candidatos que estuvieron presentes en todas las carreteras que tomamos.
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