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EDITORIAL Tendencia a las micronaciones
Los diferentes feudos de poder y fuerza estructurados por alcaldes de distintos municipios traen a colación un espejismo surgido en la década de 1990, en torno de las llamadas micronaciones, o sea, determinadas entidades con apariencia de Estado independiente.
Aquel neologismo, surgido inicialmente de la necesidad de describir ciertas manifestaciones humanas con pretensiones de soberanía, no se ha quedado, sin embargo, en el campo de las idealidades, porque en países como Guatemala se vive ahora la tendencia de ciertos jefes edilicios de línea dura a fomentar un tipo de conducta y de gobierno con simulaciones independentistas de carácter político, económico y social.
Esos burgomaestres han ido construyendo especies de microestados a partir de disposiciones generalmente leoninas y restrictivas, como las referidas al tránsito e ingreso a sus poblados, o por medio de acciones represivas como la creación de policías de Tránsito y de cuerpos de guardias armados, a quienes se emplea tanto para el resguardo de los bienes comunitarios, como para amedrentar a los mismos vecinos cuando intentan protestar en defensa de sus derechos.
Los microestados guatemaltecos parten de la personalidad fuerte, ególatra y autoritaria de ciertos alcaldes, quienes por esas características logran dominar a concejos sumisos y serviles, y cómplices, además, en el despilfarro de los fondos edilicios. Pero también incide en eso la carencia patética de líderes locales.
El escaso desarrollo democrático lleva a los electores a ver a aquellos alcaldes con tendencia caudillista como verdaderos patriotas y sacrificados salvadores de sus intereses, y por eso los eligen indefinidamente en los cargos.
En algunos casos, estos hábiles manipuladores de conciencias han usado el cargo y sus prebendas para articular férreos círculos de influencia y poder económico, los cuales han convertido en armas para mantener el control de los habitantes, a manera de sofocar, por las buenas o por las malas, cualquier intento de desafección o disidencia. No resultan extrañas, en ese contexto, alianzas con el crimen organizado y con otras expresiones del poder fáctico, porque los dos se necesitan y se benefician mutuamente.
Los microestados se fortalecen en proporción inversa al estado de ingobernabilidad y a la debilidad del gobierno central. Mientras más pusilánimes son un presidente y sus colaboradores, más justificación adquiere ante los ciudadanos la demagogia de un alcalde autoritario, porque los vecinos ven en él la personificación de la autoridad nacional extinguida. Pero ese juego es peligroso, no sólo porque alienta el surgimiento de pequeñas dictaduras, sino porque erosiona la integralidad de la Nación y del Estado.
El caciquismo es una negación de la alternancia y representatividad del poder político preconizadas por la democracia. Ningún aparente atributo o eficiencia justifica la perpetuación de alguien en el cargo de alcalde, y su reelección entraña muchos riesgos. Por eso, conviene a la Patria prescindir de quienes viven, en pleno siglo XXI, las fantasías propias de una tradición medieval.
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