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EDITORIAL Reflexión sobre las advertencias
Esta penúltima semana antes de las elecciones generales de este año se ha caracterizado por algunas muestras de nerviosismo de los participantes y, en general, de algunos sectores nacionales, en referencia a posibles problemas que puedan ocurrir poco antes, durante y después de que los ciudadanos hayan cumplido con su derecho y su deber de escoger a las personas que ocuparán las alcaldías, las diputaciones y la Presidencia y Vicepresidencia del país.
Desde hace meses, otros sectores han dado algunas muestras de preocupación porque el Tribunal Supremo Electoral no parece tener la determinación de otras ocasiones. Por igual se ha señalado que los partidos políticos han endurecido sus posiciones y que, en la provincia, el ambiente de tensión es mayor al de ocasiones anteriores.
El resultado de esto es un aparente temor de que las elecciones presenten, en esta ocasión, problemas que no se han suscitado en los cuatro comicios generales realizados a partir de 1986.
Hablar en este momento de defensa de los votos, y hacer llamados a la cordura, si bien tienen una explicación, pueden ser interpretados como el convencimiento de que algo malo sucederá, tanto en el escrutinio de los votos, como en las facilidades del transporte y otros temas directamente relacionados con la facilidad que se les debe otorgar a los votantes para hacer que las elecciones, además de legales, sean también representativas de la voluntad ciudadana mayoritaria.
Pero la realidad es que las elecciones aún no han ocurrido. Todo está realizándose sin novedad. Las advertencias, de cualquier origen, tienen una posibilidad de ser justificadas, pero al mismo tiempo quienes las malinterpreten pueden pensar en la existencia de factores desconocidos para el gran público, que sean las verdaderas razones de tales declaraciones públicas o señalamientos hechos en diversos medios de difusión, incluidos especialmente los correos electrónicos.
Son bienvenidos señalamientos, porque han provenido de personas en realidad interesadas en que todo salga bien. Pero ya no hay necesidad de repetirlos. Por ahora, no hay motivos reales para pensar en que, de alguna manera, los resultados hechos públicos no correspondan con la realidad, en concordancia con lo que ha pasado siempre.
La gran cantidad de observadores locales e internacionales, los miles de ciudadanos involucrados en el proceso como fiscales, miembros de las juntas electorales, y así un largo etcétera, además de la tradición, corta pero firme, de respeto a los resultados, hacen que se deba mantener la seguridad de que todo sucederá sin que haya contratiempo alguno originado por la actividad humana.
En este momento, la mayor preocupación se refiere a una posible disminución del número de votantes a causa de lluvias como las que esta semana se han presentado en el valle de la capital. Son factores climáticos -y, por tanto, impredecibles-, que deberían hacer pensar en un cambio de la fecha de las elecciones posteriores a las de este año. Pero eso es otro tema.
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