|
CATALEJO Bajo el sonido del tu-tu-tí-cu-tu
Mantener las tradiciones es necesario para establecer las características propias de ser guatemalteco.
Por:
Mario Antonio Sandoval
EL SILENCIO DE LA NOCHE DEL SÁBADO se rompe con un sonido evocador de mis años de infancia: el tu-tu-tí-cu-tu, tu-tu-tí-cu-tu, tu-tu-tí-cu-tu-tí-cu-tu-tí-cu-tu de una posada. Salgo a la calle y puedo ver, en la colonia de nuevas casas donde me encuentro, los faroles de colores cargados por varios niños, no mayores de 8 años. San José y la Virgen se tambalean un poco, porque quienes los llevan tienen poca experiencia en cargar andas, aunque sean tan pequeñas como esa. El sonido de las tortugas cubre con su manto la luz de los postes. Los veo pasar frente a mí, y en pocos momentos el grupo va perdiéndose por la calle, hasta cruzar en una esquina para llegar a la casa donde otros tantos vecinos los esperan.
UNA BELLA TRADICIÓN, SIN DUDA. Esta posada, gracias al entusiasmo de una familia de esa colonia, tiene todas las características propias. No fue integrada por personas a bordo de carros que corren por las calles, e imitan con las bocinas el sonido de las tortugas, para trasladarse de una zona a otra de la ciudad. La posada es, por excelencia, una actividad de personas cercanas, por su lugar de residencia o por su corazón. Y por ello entra a cabalidad en el tipo de actividades dignas de ser mantenida, a pesar del proceso de modernización, inevitable aunque necesariamente malo. El reto es tener el mismo éxito de los japoneses, cuyas tradiciones se mantienen enhiestas, a pesar de los cambios económicos propios de su país desde hace poco más de seis décadas.
MUCHAS DE LAS TRADICIONES nacionales deben ser mantenidas, pues marcan las diferencias culturales, emocionales y hasta cierto punto espirituales de la guatemalidad. Se trata de tener la voluntad de permanecer dentro de la cultura propia, factor importantísimo para defenderla de una globalización desbocada a campos ajenos al económico, en el cual se originó. Porque la cultura tiene varias manifestaciones, mantenerla es una tarea de varias acciones. Por ejemplo, no tiene mucho sentido celebrar una posada tradicional si en casa no se bebe ponche, sino una gaseosa, o en vez de un tamal, pizza o sándwiches, y si los adornos navideños de la casa, en vez de los bellos collares de manzanillas, son imitaciones plásticas de nieve...
CREO MUY FÁCIL EMPEZAR UNA CRUZADA para revivir las tradiciones chapinas, navideñas o de cualquier otro tipo. Por ejemplo, en esta época asegurarnos de asistir y de llevar a nuestros hijos y nietos a vivir esa experiencia, y con ello a llenar las ahora pequeñas alforjas de sus recuerdos infantiles para cuando se conviertan en adultos. Quienes, como el poeta, podemos confesar haberlas vivido, a mi parecer tenemos una obligación cultural mayor a la de las actuales generaciones de jóvenes. Pero para comprenderla cabalmente, debemos aceptar antes la importancia de mantener las diferencias propias de ser guatemaltecos, no en un nacionalismo a ultranza, sino como un necesario alejamiento de integrar la masa humana de un “homo internacionalis”.
QUIENES POR CUALQUIER RAZÓN se encuentran fuera de Guatemala, pueden entender mejor la necesidad de mantener las tradiciones. En ningún otro país del mundo se puede escuchar ese tu-tu-tí-cu-tu. Solo es posible en las colonias de chapines residentes en grandes números en alguna gran ciudad estadounidense. Pero a quienes el destino los ha llevado a ciudades pequeñas de la Unión Americana o a países europeos, no digamos en Asia o África, el sonido de las tortugas, las manzanillas, el ponche, etcétera, solo pueden escucharlos al cerrar los ojos y regresar imaginariamente a la tierra donde nacieron. Es una razón más para convencernos, quienes vivimos aquí, de hacer nuestro mejor esfuerzo a fin de impedir la desaparición de esas tradiciones.
|