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EDITORIAL El significado de la Navidad
Afanado en el consumismo y en el mayor acopio de placeres mundanos, ajenos por completo al sentido de celebración del nacimiento de Jesucristo, el mundo occidental se olvida de abrir las puertas del festejo a quien inspira la fiesta de esta noche y de mañana, y deja fuera de la celebración al homenajeado.
Para las personas carentes de información sobre el nacimiento, la misión y el destino de Jesús, la Navidad transcurre entre derroche de dinero, pasiones y energía, en los desenfrenos competitivos por demostrar capacidad de compra, de consumo y de generosidad.
Lo principal en el corazón humano alejado de Dios resultan ser los bacanales, los placeres culinarios, el lucimiento de prendas, la recepción o entrega de regalos y la quema de artefactos pirotécnicos a cual más atronadores y perturbadores.
Los regalos y su boato cosifican al ser humano hasta los linderos de un materialismo que avasalla el espíritu. Se desea dar o recibir el mejor presente, aunque el disfrute sea efímero, mientras se olvida que el regalo más preciado es la paz de Jesús en el corazón.
Sin embargo, tal como Él mismo lo dijo, la paz del Redentor no tiene ninguna relación con la concepción de paz desde la perspectiva sociopolítica. Los líderes de las naciones interpretan esta condición como la ausencia de conflictos.
Pero los acuerdos alcanzados hasta ahora, han fracasado para garantizar una armonía universal auténtica y perdurable. Ahora mismo, en numerosas latitudes se libran guerras e infinidad de conflictos, porque el egoísmo, el odio y la perversidad dominan el sentimiento de las naciones, grupos y personas enfrentadas.
Esta experiencia, tan larga como la misma presencia humana sobre la faz de la Tierra, demuestra que la reconciliación no llegará mientras el ser humano siga alejado de la práctica del amor a Dios y sus semejantes, y esto solo se logra cuando aquel se abre al conocimiento pleno del misterio de Jesús.
Porque la paz que trajo al mundo el Señor eleva al ser humano a la cima de la comprensión, la amistad, la solidaridad y la tolerancia, por medio de cuyas virtudes entiende que la esencia de los Diez Mandamientos se sintetiza en uno solo: amar a Dios y al prójimo.
Después de esto, todos los demás requerimientos teológicos pasan a un plano secundario, porque al amor sobreviene la liberación de todas las formas de pecado, pero también de todos los temores y angustias que atormentan a la gente, tal como lo expresó el Niño Dios: “Mi paz os dejo, mi paz os doy, no como el mundo la da yo os la doy. No se turbe vuestro corazón, ni tengan miedo”.
El tener o no tener dinero, placeres o lujos en esta Navidad no es lo sustancial para pasarla bien y ser feliz. Al contrario, la humildad y la carencia es más significativa en esta fecha, porque Jesús no nació en cuna de oro, sino en un humilde pesebre, pobremente abrigado. Pero hoy, podemos hacerlo el principal invitado en nuestra casa, para que Él presida la fiesta preparada en su honor.
Con esta reflexión, deseamos a nuestros apreciables lectores Feliz Navidad y el disfrute de la auténtica paz, la de Dios.
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