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Camino seguro al Cielo; rescató niños del basurero y de las calles
El sueño que Hanley Denning puso en marcha en 1999 se mantendrá vivo
Por:
Gabriela Barrios
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| Vendió sus pertenencias en EE.UU. y con unos cuantos miles de dólares encauzó un proyecto para ayudar a los niños del vertedero de la zona 3, quienes ahora conservan el legado de una mujer visionaria. Foto Prensa Libre: Kattia Vargas. |
Las paredes del aula de primer grado están cubiertas con las cartulinas rosadas en las que los niños dibujaron corazones, flores y un arco iris, y escribieron: “Gracias, Hanley”. Eduardo, uno de los pequeños, quiso retratarla como un ángel, con alas blancas y un inmenso corazón rojo en el pecho.
“Así era ella, el sentimiento de un niño no se equivoca”, dice el profesor Julio de León, quien comenzó a trabajar en Camino Seguro cuando el proyecto apenas daba sus primeros pasos.
Los dibujos son una manera de asimilar lo sucedido, de entender que Hanley Denning, la estadounidense que luchó sin cesar para llevar esperanza a las familias que trabajan dentro del relleno sanitario de la zona 3, se ha marchado para siempre.
Murió el jueves 18 de enero, en un accidente en el que un bus sin frenos chocó con el vehículo en el que Denning viajaba hacia Antigua Guatemala.
Su partida ha sido dolorosa, pero también ha reafirmado el compromiso de todas las personas que trabajaron junto a ella, quienes conocieron su entusiasmo, su tenacidad y su lucha para que en el futuro de esos niños existiera algo más que un vertedero que escarbar.
La labor que Camino Seguro hace en el basurero quedó plasmada en Recycled Lives (Vidas recicladas), documental corto dirigido por Leslie Iwerks -uno de los cinco de ese tipo nominados a los premios Oscar, en EE.UU.
El saloncito de la iglesia
Julio de León no olvida aquel pequeño salón en la iglesia, que el padre Paulino le prestó a Denning para que pudiera iniciar con su cometido.
En aquel tiempo, la joven, quien vino a Guatemala para estudiar español y se terminó quedando en el país, recorría las entrañas del basurero en busca de niños. Iba de casa en casa convenciendo a los padres de que sus hijos debían ir a la escuela.
“Nunca se daba por vencida. Iba a La Terminal a conseguir comida para los niños y la traíamos en carretillas. En invierno, el agua se filtraba, nos tocaba subir a los niños en las mesas y ponernos a escobiar”, cuenta De León.
Siempre creyó que la mejor fórmula para combatir la pobreza era por medio de la educación, y convirtió esto en el lema de Camino Seguro. Actualmente, 590 niños tienen en este proyecto un refugio que, además de darles comida, apoyo para estudiar, hacer tareas y aprender un oficio, les brinda protección, cuidado y amor.
“Siempre decía que era responsabilidad de todos velar para que estos niños tuvieran un buen futuro. Su sueño era verlos graduarse de la universidad”, relata De León.
Lo sacó de “abajo”
“Abajo” es el término con el que se refieren al basurero. De allí “abajo” salió Luis Alfredo Batz, gracias a Denning. Tenía siete años y escarbaba con las manos entre la basura en busca de plástico, papel y aluminio, hasta que ella habló con su mamá y le dijo: “Dame a tu hijo, porque debe ir a la escuela”.
El chico cumplió 17 años y no olvida lo que aquel salón de la iglesia representó para su vida. “Era un lugar pequeño, pero éramos muy felices. Cantábamos, nos contaban cuentos, nos daban fresco y panes con frijol”, recuerda.
Sueña con terminar la secundaria y estudiar Arquitectura en la universidad. Por las tardes, cursa segundo básico y recibe además capacitación en hotelería, como parte del proyecto. Por las mañanas colabora en el área administrativa del programa.
A Luis Alfredo le ha costado mucho asimilar la muerte de Denning no termina de entender el porqué. “Hay tanta gente mala a la que no le pasa nada. No entiendo por qué la gente buena es la que se muere”, se pregunta. Una de las voluntarias del programa le ha dicho que es porque Denning ya había cumplido su misión, pero él no se conforma. “Hay tantos niños que la necesitaban...”, suspira.
El valor de la oportunidad
El viento había desprendido una de las láminas que servía como pared en la humilde vivienda de Domingo González López, habitante del asentamiento La Libertad y recolector de desechos dentro del vertedero.
Mientras trataba de asegurarla con alambre, Denning apareció y le dijo: “Necesito a tu hijo, para que vaya a la escuela”. El pequeño Luis Fernando tenía entonces ocho años y, como no lograba pasar de primer grado, había dejado la escuela y trabajaba junto a sus padres en el basurero.
“Aquí, uno nunca espera que alguien aparezca para tendernos una mano”, dice Domingo. Luis Fernando cursa primero básico y, desde hace tres años, Domingo también salió del relleno y se encarga del mantenimiento en el edificio donde funciona Camino Seguro.
“No tengo palabras para agradecerle todo lo que hizo”, expresa Domingo, y lo mismo repite Isabel Solís, madre de tres niños, quien, desesperada por la falta de oportunidades, le pidió apoyo a Denning para que sus hijos pudieran ir a la escuela.
“Fui a buscar a la seño Hanley para pedirle que me ayudara, porque yo sola no podía darles estudio a los niños. No sólo me ayudó, sino que me recibió con trabajo”, dice Solís, quien se encarga de la cocina donde diariamente se preparan los alimentos para los niños del programa.
Como Solís, muchas madres han aprendido a ver el futuro con esperanza, gracias a Camino Seguro, y confían en que el oficio de hurgar entre los desechos de la capital no será para siempre.
Rosaura Saquic y Diana Celeste Batres trabajan en el vertedero y asisten a clases de alfabetización, porque Denning no dejó de insistir hasta que las vio sentadas en el aula. “Tienen que saber leer y escribir para poder ayudar a sus hijos, nos decía”, recuerdan Saquic y Batres.
El trabajo no se detiene
Denning puso la fecha y así se hará. El jueves 8 de febrero, Camino Seguro inaugurará la nueva guardería en la que recibirán inicialmente a 60 niños de entre dos y cuatro años. En el mismo terreno, construido sobre el relleno sanitario, funcionarán los talleres de panadería y herrería.
La guardería comenzó de la misma manera que el programa, en un pequeño local junto al centro de acopio del vertedero, donde el calor era insoportable en verano y escuchaban el motor de una recicladora de manera permanente.
En las nuevas instalaciones, los niños tienen aulas de ensueño y un hermoso jardín donde jugar.
Michael Denning expresó, durante el sepelio de su hija -llevado a cabo en Yarmouth, Maine (EE.UU.)-, que la vida de ella debe servir como inspiración para todos. “Nos enseñó que cada uno de nosotros debe dar lo mejor de sí mismo y luchar por aquello que cree y anhela”.
Muchos suelen idealizar a aquellos que mueren, pero en el caso de Hanley Denning su obra habla por sí sola: construyó un camino con oportunidades para cientos de niños cuya realidad, muchas veces, es invisible.
TESTIMONIO
“Su sueño era que nos graduáramos”
Cristian Enrique Chiché llegó a Camino Seguro cuando tenía seis años. Vendía golosinas en la zona 9 y acompañaba a su madre a trabajar en el vertedero. Recuerda el día en que su vida cambió.
“Yo estaba vendiendo dulces en la calle y ella (Hanley Denning) me fue a traer con la seño Lety (Lety Méndez, una de las colaboradoras más cercanas de Denning)”. Quizá fue eso lo que hizo que los lazos entre Cristian y Hanley fueran muy fuertes. Él afirma que lo más triste que le ha sucedido es la noticia de la muerte de ella.
“Su sueño era que todos los que comenzamos con ella en la iglesita nos graduáramos. Siempre me decía que quería que fuera un hombre mejor y que tenía que estudiar”. Cristian asiste a la Escuela Belice, en la colonia Castillo Lara, y este año terminará la primaria.
“Tengo que seguir... me tengo que graduar como a ella le habría gustado”, dice entre sollozos.
Perfil: Hanley Denning
Llegó a Guatemala para estudiar español y se quedó para cambiar vidas.
Se graduó como psicóloga en 1992, del Bowdoin Collage. Diez años más tarde, recibió el premio que esa institución concede por servicio comunitario.
Fundó el programa Camino Seguro en 1999, luego de haber conocido la realidad que viven centenares de familias en el vertedero de la zona 3.
El programa apoya a niños para que asistan a la escuela, supervisa las tareas, da alimentación y cada mes entrega una bolsa de víveres para sus familias.
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