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EDITORIAL Manifestar no es igual a destrozar
Desde un día antes de la visita del presidente George W. Bush a Guatemala, la capital ha sido escenario de varios actos de protesta, quema de banderas estadounidenses y otros actos de demostración de descontento similares a los que se realizan en diferentes partes del mundo, incluidos los países democráticos, por lo que esos hechos en sí no son motivo de crítica. Pero sí es necesario asegurar que no se conviertan en disturbios, destrozos y daños a la propiedad privada.
La visita en sí provoca algunas alteraciones en la vida normal de la ciudad, a consecuencia de las medidas de seguridad tomadas por las autoridades locales y el personal estadounidense designado para coordinar todo lo relacionado a este tema.
Este tipo de medidas, si bien molestas, son indispensables para reducir al mínimo las posibilidades de cualquier problema a este respecto.
Por ello, quienes tienen conciencia plena de las graves consecuencias que tuviera cualquier problema de seguridad, las aceptan con un espíritu de comprensión a medidas molestas, pero imposibles de soslayar.
Son válidas, eso sí, las protestas que pueda provocar cualquier abuso del personal guatemalteco o del mandatario visitante, pero al mismo tiempo sería repudiable e injustificable cualquier desmán provocado por los participantes en las manifestaciones programadas.
Todo ello hace indispensable hacer un llamado a quienes participen en cualquiera de lo que podríamos llamar los dos bandos, a que se abstengan de salirse de los cauces normales de una actividad como esta visita, que al menos en lo referente a Guatemala tiene varios años de no ocurrir.
Es explicable entonces que haya tensión en el ambiente. Cada guatemalteco tiene su propia opinión acerca de la visita del presidente Bush, unos a favor y otros en contra, por razones personales, gremiales, ideológicas o políticas.
No se puede dejar de mencionar que a todo esto contribuyen en mucho las recientes acciones de las autoridades estadounidenses respecto de los indocumentados guatemaltecos, que en algunos casos han sido separados de sus pequeños hijos, en una actitud que con toda razón irrita aun a quienes ven con simpatía la breve presencia del mandatario de EEUU.
Este acontecimiento provoca el interés de la Prensa internacional. Cualquier rebalse en el nivel de las protestas sin duda será reportado, y ello le agregaría un nuevo dolor de cabeza a las autoridades de turismo, cuyos esfuerzos de muchos meses pueden quedar reducidos en efectividad para atraer visitantes de otro nivel al país.
Vale la pena mencionarlo porque los alevosos asesinatos de los últimas semanas han causado que de nuevo el nombre del país se vea relacionado con sucesos trágicos, ilegales e imposibles de justificar.
La presencia del presidente Bush es, pese a todo, la oportunidad de obtener algún tipo de beneficio para Guatemala, pero para ello se debe tener la prudencia que evite que con toda seguridad esa visita se convierta en un simple acontecimiento de turismo político de alto nivel, que no deja nada factible para los guatemaltecos comunes y corrientes.
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