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TIEMPO Y DESTINO La gota de agua
Pequeño trozo de la historia, de una mujer excepcional.
Por:
Luis Morales Chua
Este escrito tiene por fin último rescatar del olvido la figura de una mujer valiente, que ayudó a cuatro ciudadanos que en los primeros años del siglo pasado intentaron derrocar por la fuerza al tiránico presidente de Guatemala, Manuel Estrada Cabrera.
Ella se llamó Rufina de la Roca de Monzón y era la abuelita de mi esposa, Virginia.
He querido recordarla este domingo, con motivo del centenario del suicidio político colectivo más impresionante de todos los tiempos, en la historia de nuestro país.
El hecho sucedió el 20 de mayo de 1907, en el tejado de la casa de doña Rufina, situada en el Callejón del Judío. Ayer por la mañana Virginia y yo pasamos frente a ese inmueble y después de observarlo, como lo hemos hecho varias veces, seguimos camino al Cementerio General, donde doña Rufina está sepultada.
Y al escribir sobre ese episodio tengo a un lado de mi computadora una fotografía en la que aparecen los cadáveres –citados de izquierda a derecha– de Enrique Ávila Echeverría, Jorge Ávila Echeverría, Baltasar Rodil y Julio Valdés Blanco, todos profesionales universitarios graduados en Europa, donde cursaron sus estudios.
La foto corresponde a la exposición que, en recordatorio de la gesta unionista de los años 20, fue abierta al público en la Procuraduría General de la Nación, cuando esa institución estuvo dirigida por el abogado Acisclo Valladares Molina, jurista, historiador, diplomático y actualmente columnista de elPeriódico.
Al pie figura una leyenda según la cual esos académicos fueron los organizadores del atentado contra el presidente Manuel Estada Cabrera, acción que falló y las fuerzas de seguridad desataron una inmisericorde cacería contra los opositores a la dictadura.
Los conspiradores habían sembrado una bomba en el camino que el presidente acostumbraba recorrer y el 29 de abril, cuando Estrada Cabrera pasaba por ese lugar, la detonaron. Murieron el cochero y un caballo; pero, el presidente, su hijo Joaquín y el general Manuel María Orellana, se salvaron.
Los cuatro profesionales se escondieron con la intención de abandonar el país en cuanto pudieran. Buscaron y encontraron refugio en casa de doña Rufina y allí permanecieron, ocultos en el tapanco.
Durante varios días, la señora de Monzón los protegió y personalmente les subía alimentos hasta que, finalmente, el escondite fue descubierto por un policía investigador que sedujo a una de las sirvientas y ella le contó que algo raro sucedía en la casa porque ya no la dejaban subir al segundo nivel.
Sobre ese suceso aparecieron dos interesantes artículos ayer en elPeriódico. Uno escrito por Juan José Rodil Peralta y otro por María Elena Schlesinger.
El primero se titula La bomba del 20 de mayo, a 100 años. El otro, El Atentado. Ambos coinciden en que los cuatro conspiradores se batieron a tiros con el pelotón de agentes enviado a capturarlos y mataron a 25, antes de subir al tejado y suicidarse, tal como lo habían pactado desde que planearon el atentado. Morirían antes que dejarse capturar. Y se suicidaron.
Pero, ¿qué pasó con la valiente señora que les había dado refugio? Fue capturada y llevada a prisión, donde fue sometida a la tortura de la gota de agua, que consistía en inmovilizar al presidiario, presidiaria en este caso, en forma horizontal, boca arriba, de modo que le cayera en la frente una gota de agua fría constantemente, lo cual causaba daños físicos y psicológicos, pues lastimaba la piel e impedía dormir.
El efecto de una gota de agua durante algún tiempo es tan fuerte, que orada la roca. Sin embargo, doña Rufina resistió y fue liberada posteriormente, pero, permaneció vigilada por la Policía y murió pocos años después. Quizá sea tiempo de erigirle un monumento. Ya contaré cómo también dio refugio a otro político ilustre.
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