|
ECLIPSE Divisa universal
La democracia es mucho más que “las alegres elecciones”.
Por:
Ileana Alamilla
La volatilidad de los partidos políticos en Guatemala es sorprendente. Son globos que se inflan y desinflan, sin que su existencia deje huella en la historia patria. Luego de hacer gobierno, la discusión no es si el partido oficial repetirá, sino que cuánto tiempo más sobrevivirá, antes de hacerse polvo cual rauda estrella fugaz.
La inestabilidad partidaria de los diputados también es sorprendente. En el actual Congreso, casi la mitad de ellos son tránsfugas. Esto parecería historia cómica en cualquier democracia seria, pero en Guatemala es una normalidad aberrante.
También tenemos remedos de caudillos, que igual caen del podio antes que el eco termine de repetir sus insulsos discursos. Más que caudillos de esos que registran la historia y la literatura latinoamericana, los nuestros son tan solo caricaturas. Tal como lo demuestran los hechos recientes, hay quienes recorren rápidamente un trecho que los lleva de caudillos a presidentes y de presidentes a prófugos de la justicia.
Los procesos electorales son otros sainetes de similar contenido. Se llena la papeleta electoral cual cargado cartón de lotería, disputándose los candidatos el lugar más apropiado para que el elector deje caer directamente el maicito que le permita gritar lotería (no al elector, obviamente, sino que al elegido).
Por eso nadie puede extrañar el enjambre de candidatos que zumban tratando de aproximarse a las mieles del poder. La sola ilusión de saberse formalmente propuesto para tal banquete les llena sus cinco minutos de gloria, que se agotan el día del escrutinio de votos.
Unos son más transparentes, gritando ¡yo quiero ser presidente con quien sea!; otros decoran sus intenciones con cancioncitas pegajosas (que por cierto en este proceso electoral ninguna logra aún fijarse en nuestro inconsciente, sorprendiéndonos con repeticiones involuntarias).
Y hay quienes blanden sus lanzas contra molinos de viento, prometiendo la heroica y caballeresca proeza de rescatarnos mágicamente de todos los males existentes.
¿Será todo esto democracia? ¡Por supuesto!, cantarán a coro la casi veintena de partidos inscritos y la docena de candidatos alucinados. Pero la democracia es muchísimo más que esos globos pintados de partidos políticos, esos tránsfugas vestidos de diputados, esos personajes con atuendos de caudillos, esos sainetes tragicómicos, esas abejas alocadas por la miel y esos multicolores cartones de lotería.
Lo nuestro es la expresión bizarra de la democracia, reducida a una comedia electorera. De esta tergiversación están cansados los pueblos latinoamericanos, fatigados por la mercantilización de la política que la desideologiza, la reduce a administrar sin realmente gobernar y a la obtención de incentivos perversos que no llegan más allá de privilegios y prebendas.
La democracia es mucho más que “las alegres elecciones”. Reivindicar su naturaleza implica, necesariamente, rechazar su tergiversación. Se trata de ejercer realmente la ciudadanía, comprendida en su plenitud.
En primer lugar, implica elegir, no encubrir con el voto, la ausencia de elección. Supone que podamos decidir entre opciones que tengan definiciones ideológicas, políticas y programáticas.
Pero también significa que nuestra adscripción al Estado traiga consigo el ejercicio de derechos que deben ser universales, tales como la educación, la salud, el empleo, la seguridad, etc. La democracia y el desarrollo son dos caras de una misma moneda: la ciudadanía, que debería llegar a ser una divisa universal.
Ojalá que tantísimo candidato no sirva sólo para ocultar la intrascendencia de las diferencias entre ellos y ellas.
|