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Guatemala, 17 de abril de 2008

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No todo es solidaridad, presidente 

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“El mercado no tiene por qué ser justo y solidario. No está diseñado para eso. La justicia y la solidaridad se logran con otros instrumentos, que pueden coexistir con el mercado sin necesidad de distorsionarlo”

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El alza en varios productos de la canasta básica familiar impacta en el bolsillo de la población.

Por tomás rosada

Opinión

Las últimas semanas han sido de mucha agitación en la agenda económica nacional.

Van y vienen columnas, notas de prensa, programas de radio, opiniones de corredor, correos electrónicos, etcétera. Y es que, como dijera un día un ex presidente guatemalteco (parafraseando a un economista célebre), la gente aguanta con casi todo, menos con que le toquen la bolsa.

En ese momento se nos olvida si somos rojos, cremas, altos, chaparros, de izquierda o derecha, moros o cristianos. No hay pegamento social más fuerte que las crisis económicas.

El domingo recién pasado, el presidente —en cadena de radio y televisión— anunció algunas de las medidas para capear el temporalito de precios que tenemos encima.

Nos habló de un pacto de solidaridad (sin detallarlo), de un plan de solidaridad (de Q1 mil 470 millones), de precios acordados en productos como el gas (al parecer sin haberlo discutido previamente con las partes interesadas), y de una campaña de ahorro energético en instituciones públicas (calificada ya por analistas como de bajo impacto).

Por otro lado, en medios de comunicación escrita un diputado al Congreso nos comparte que han tenido reuniones con autoridades del banco central y del Instituto Nacional de Estadística (INE), y que al final se han quedado con un saborcito a “diagnóstico incompleto” en la boca.

Por consiguiente, están preocupados porque persiste el riesgo de diseñar e implementar medidas de política igualmente incompletas y de resultados dudosos.

Y para redondear el diagnóstico, ayer el principal importador de gas opinó respecto de mantener los precios de dicho producto que “no se ha establecido ninguna comunicación por parte de las autoridades para determinar este tema”. ¿Qué tal?

¿Qué podemos concluir de todo esto? Que una vez más se confirma una de las reglas básicas de la economía: las personas no son tontas.

Y eso quiere decir que se anticipan, son racionales, leen los periódicos, hablan con amigos, escuchan la radio, hacen conjeturas, y le salen al paso a cualquier movimiento en el mercado. Especialmente los empresarios, que al fin y al cabo ese es su negocio, administrar el riesgo. Y como suele y debe ser, son las personas con más información las que se prepararan mejor y diseñan su juego de mejor manera que aquel otro pobre al que las noticias le llegan tarde, mal, o nunca.

Sobre este tema he opinado hasta el cansancio, que no se puede hacer nada. Sin embargo, hoy quiero cualificar un poco esta aseveración, porque creo que el mensaje se puede prestar a confusiones.

Cuando digo que no podemos hacer nada me refiero a las causas básicas de la subida de precios. Esto porque somos una economía pequeña, abierta y sin control sobre los precios internacionales.

Por lo tanto, cualquier medida que tomen las autoridades de Gobierno o los otros agentes económicos guatemaltecos, nos la vamos a tener que tragar sola y exclusivamente los guatemaltecos.

Ahora bien, hay algunas cosas en las cuales el Gobierno sí que nos puede dar una manita. Por ejemplo, no interferir con el sistema fundamental de información de una economía de mercado: los precios.

Ya de por sí, no es recomendable distorsionar este mecanismo de información, mucho menos en momentos de crisis, cuando es justamente la información el activo más preciado a los consumidores y productores, para que puedan asignar sus recursos óptimamente.

Si estamos de acuerdo en esto, entonces no aplica el argumento de precios acordados o pactos solidarios. Al final, el mercado no tiene por qué ser justo y solidario. No está diseñado para eso. La justicia y la solidaridad se logran con otros instrumentos, que pueden coexistir con el mercado sin necesidad de distorsionarlo.

Otra medida de mucha utilidad sería un combate frontal a la especulación y la competencia desleal. ¡Eso sí que nos vendría bien, y sería mucho más solidario que poner precios topes!

¿Por qué no fortalecer entonces toda la institucionalidad que debe garantizar el buen funcionamiento de los mercados, como la ley de competencia, la Diaco, el INE, la apertura y profundización de mercados internacionales, o finalmente nombrar al ministro de Economía? (Dicho sea de paso es el funcionario que tiene a su cargo buena parte de la coordinación de la referida institucionalidad.)

Finalmente, recordar que en política no todas las batallas se deben ganar. Lo importante es no perder la guerra. De repente, la batalla por la modernización fiscal es más importante, trascendente y con posibilidades de éxito, que meterse a David para apedrear a Goliat.

Es precisamente en las crisis donde se pone a prueba la capacidad del líder de un equipo de trabajo. En otras palabras, y en buen chapín: presidente, estos son los momentos donde se conoce la calidad de la melcocha, o nos preparamos para la tormenta perfecta.

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