Guatemala, 10 de agosto de 2008
Catalina Botero tiene un amplio historial jurídico.
• Magistrada auxiliar de la Corte de Constitucionalidad de Colombia desde el 2005 hasta hoy.
• Directora de la Asesoría en Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario de la Fundación Social (2003-2005).
• Directora Nacional de Divulgación y Promoción de los Derechos Humanos, de la Defensoría del Pueblo de Colombia (2000-2003).
• Asesora del despacho del procurador general de la Nación (1994-1995).
• Profesora e Investigadora de la Facultad de Derecho de los Andes.
• Asumirá el puesto de relatora de la libertad de expresión de la CIDH, en octubre de este año.
“Es más fácil gobernar si nadie pregunta. Hay que tener una férrea convicción democrática para hacer públicas las actuaciones propias, cuando no hay una ley que obligue a ello”.
Por Lorena Seijo
Botero no asumirá el puesto de relatora de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) hasta octubre de este año, pero ya ha empezó a empaparse de las peculiaridades de cada país y de las agresiones más comunes a la libertad de expresión en Latinoamérica.
Son varios, pero podría mencionar tres: el crimen organizado y la impunidad con la que opera, la censura indirecta mediante la criminalización de la expresión y el manejo discrecional de la publicidad oficial.
Felizmente, ya no existen las juntas militares, y eso no es un logro menor. Salvo Cuba, los gobiernos de la región son democráticamente electos y deben someterse a ciertas reglas que les imponen, entre otras cosas, el deber de respetar a los medios. Sin embargo, en algunos casos se han presentado situaciones difíciles, en las cuales los gobernantes nacionales o locales desconocen la importancia de la libre expresión y estigmatizan o desacreditan a los medios críticos o independientes.
En algunos Estados, el crimen organizado y su enorme capacidad de infiltrar instituciones débiles es la amenaza más poderosa. En otros, la ausencia de reglamentaciones específicas y precisas permite que los gobiernos nacionales puedan asignar de forma arbitraria frecuencias radioeléctricas, canales o recursos públicos, con la finalidad de castigar a la prensa independiente y premiar a la que es condescendiente. En algunos lugares, la enorme concentración de la propiedad de los medios y la ausencia de una regulación antimonopólica adecuada son una amenaza grave para la libertad de expresión. Finalmente, existen discursos de grupos hegemónicos que monopolizan la expresión y que tienen el efecto de excluir del debate colectivo a grupos sociales tradicionalmente marginados o discriminados.
Es lícito tener miedo. Y es razonable cuidarse, especialmente si no hay un Estado dispuesto a proteger a los medios y periodistas. Nadie está autorizado a exigir comportamientos heroicos de los comunicadores. Sin embargo, la autocensura es una amenaza gravísima contra la libertad de expresión. No solamente limita el derecho de los periodistas y de los medios a decir lo que piensan o a circular información relevante para el público, sino que afecta dramáticamente el derecho de las personas a saber qué está pasando.
La relación entre los gobernantes y los medios independientes es usualmente una relación de tensión. Esta tensión no tendría que generar mayores preocupaciones si se moviera dentro de un campo razonable de contradicción civilizada, y si los gobernantes respetaran el rol fundamental que cumplen los medios en las sociedades democráticas. Sin embargo, estas contradicciones comienzan a ser preocupantes cuando los gobiernos —y lo que es peor, las sociedades que les dan soporte— pasan de la controversia razonada a la intimidación, a la sanción económica o a la estigmatización, por el solo hecho de ejercer su función crítica de manera independiente.
Creo que este es un campo en el que se ha avanzado mucho. Sin duda, la cultura del “secretismo” está comenzando a cambiar, y las organizaciones de la sociedad civil han emprendido una cruzada en todo el continente, para lograr no solo leyes de acceso a la información, sino leyes de implementación —leyes de archivo o custodia de la información— y buenas prácticas —procesos de capacitación a funcionarios públicos e implementación de sistemas de publicidad o transparencia en línea—.
Las normas están justamente para suplir la debilidad de voluntad de los funcionarios. Naturalmente, es más fácil gobernar si nadie pregunta, si nadie controla y si nadie sabe. Hay que tener una férrea convicción democrática para hacer públicas las actuaciones propias y dejarse controlar, cuando no hay una ley que obligue a ello. Se precisa que las leyes incluyan mecanismos eficaces para ponerlas en práctica como, por ejemplo, acciones judiciales efectivas.
Si me permite referirme a mi país —Colombia—, recuerdo cada asesinato de los periodistas valientes que han decidido investigar temas de narcotráfico, corrupción o violaciones de derechos humanos. Un caso emblemático, que despertó la conciencia de muchas personas en Colombia y que generó un proyecto precioso de los medios, fue el asesinato de Orlando Sierra. Se trataba de un periodista valeroso que se atrevió a investigar y a denunciar la corrupción en la provincia en la cual vivía. El sicario que le disparó varias veces en la cabeza fue filmado por las cámaras del lugar, y luego fue capturado. Sin embargo, no se ha podido vincular judicialmente a los autores intelectuales, y la pena efectiva para el capturado, al parecer, va a ser de poco más de cinco años.
La Convención Americana sobre Derechos Humanos establece en su artículo 13 los límites que pueden ser impuestos a este derecho. Se refieren básicamente a la necesidad de proteger los derechos fundamentales de terceras personas y de mantener la seguridad y el orden público, vistos éstos desde una perspectiva democrática. Sin embargo, la Corte Interamericana ha sido muy clara, al sostener que la libre expresión tiene una especie de prelación sobre los otros derechos y que solo puede ser limitada cuando ello es estrictamente necesario.
De muchas formas. La ley les permite acceder no solo a sus propios datos, sino a información muy relevante para el ejercicio de sus derechos individuales. Saber cuál es el trámite que se ha dado, por ejemplo, a la solicitud de pensión que han formulado o a los servicios sociales que han solicitado y que están a cargo del Estado. Eso permite ejercer un mayor control sobre la gestión y exigir mayor respeto a los derechos de cada uno.
En aumentar el pluralismo y la diversidad en el proceso informativo y en el mercado de las ideas. Las leyes antimonopolio son importantes, pero no resuelven todos los problemas. La existencia de más “proveedores” de información no significa necesariamente la existencia de mensajes distintos o alternativos. La promoción y el apoyo a medios alternativos y a las nuevas tecnologías sirve para que los grupos que han sido marginados o invisibilizados puedan entrar de manera vigorosa en el debate público, para que puedan discutirse visiones alternativas del mundo y propuestas novedosas y creativas.
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