Guatemala, 28 de enero de 2008
Drama Comunidades de Los Amates y Morales están en crisis alimentaria; no pueden sobrevivir con Q20 diarios por familia.
Las hermanas Alicia y Judit Pérez Amador, originarias de Cerro Chino, tuvieron que ser trasladadas de urgencia al centro de recuperación de Río Hondo, Zacapa.
Existen dos tipos de desnutrición severa: kwashiorkor y marasmo. Los dos son igual de graves, pero se manifiestan físicamente de manera distinta. El kwashiorkor tiene como característica la hinchazón de la cara y el vientre, de forma exagerada. También se les pone el pelo más claro y se les cae, por la falta de vitaminas. Las infecciones de la piel y la aparición de heridas son frecuentes.
El marasmo es el tipo de desnutrición que genera más alarma, porque los niños pierden mucho peso, se les marcan todos los huesos, se le envejece la piel y sus caras parecen de anciano. En los dos casos, los niños padecen de diarrea, fiebre, vómitos, infecciones respiratorias y mucha debilidad. La tristeza en sus rostros es común en ambos tipos de dolencia.
Según las enfermeras del hogar de recuperación San José, algunas madres creen que los niños están sanos porque están inflados. Incluso les han reclamado, cuando se los entregan después del tratamiento, que están más delgados.
Por lorena seijo y edwin perdomo
Familias de Los Amates y Morales, Izabal, llevan más de una semana sin comer, porque no tienen tierra para cultivar y lo máximo que consiguen ganar por jornal son Q20. La desnutrición ya ha hecho mella en 14 menores, quienes han tenido que ser trasladados de urgencia a instituciones nutricionales, para librarlos de la muerte.
Los niños deambulan como fantasmas por los cerros de Los Amates y Morales. Llevan tanto tiempo sin probar bocado, que los parásitos son lo único que sienten en su vientre.
La desnutrición los hace parecer cuatro o cinco años más pequeños de lo que son. Las continuas diarreas, fiebres e infecciones intestinales les impiden crecer, y les causan, además, retardo en su desarrollo intelectual.
Los habitantes de estos lugares aseguran que aunque ya están acostumbrados a pasar penas por la falta de comida, en el último año la crisis alimentaria se agudizó. Las aldeas donde les tocó vivir son parte de grandes fincas ganaderas, en las que no pueden sembrar, y conseguir trabajo es cada vez más difícil. Los jornaleros apenas ganan Q20 por jornal, con lo que no pueden alimentar a los seis niños, promedio, que tiene cada familia.
Las comunidades más afectadas son Nueva Escondida, Guanalito, El Zompopero, El Zapote, La Libertad, Buenos Aires, Cerro Chino y Chapulguito, según reportan las municipalidades consultadas, aunque irónicamente las donaciones de alimentos que entrega el Ministerio de Agricultura y Ganadería casi nunca llegan hasta los cerros. Es más fácil repartir la comida en las áreas urbanas que llevarla hasta esos lugares, donde los escarpados caminos dificultan el acceso.
En la última semana, 14 menores del Cerro Chino, con desnutrición severa, fueron trasladados a centros nutricionales de Zacapa, por representantes de la Procuraduría de los Derechos Humanos (PDH).
El proceso no ha sido fácil, ya que los padres se negaban a entregar a sus hijos, por miedo a que se los robaran. Para evitar su muerte, los representantes de la PDH tuvieron que acudir a los tribunales para que los padres, por orden de un juez, accedieran a darles en custodia a sus hijos.
“La decisión de pedir órdenes judiciales para proteger a los niños se tomó tras la muerte, por hambre, de uno de los pequeños, a quien su padre no quiso llevar al albergue”, afirma Waldemar Barrera, delegado de la PDH en Izabal. Uno de los menores rescatados ya estaba siendo velado por su familia.
Otra de las graves contradicciones es que los municipios de Los Amates y Morales están considerados por el Instituto Nacional de Estadística como prósperos, pero esa riqueza no llega al área rural. El departamento de Izabal tampoco está dentro de los 11 más pobres del país.
En esos lugares, los padres, y en algunos casos las madres, trabajan en las fincas de ganado, por apenas Q20 diarios; es decir, Q600 mensuales, lo que no les permite dar de comer a su familia.
Blanca Santiago tiene 34 años y siete hijos, que durante la última semana solo han comido tortilla con sal. Eso cuando su marido consigue algo de dinero para el maíz, pues no tiene trabajo fijo.
“Para qué le voy a mentir, no tenemos nada que comer desde hace días. La última vez que pude comprar una libra de frijol fue hace una semana”, dice Blanca, mientras carga en brazos a su pequeño hijo de 5 meses.
Su casa es de madera, todos viven en un cuarto, donde solo hay una cama de palo. En el suelo se observan botes de cristal vacíos, que, quizás alguna vez, contuvieron maíz y frijol para comer.
Pero Blanca no pierde las esperanza y mantiene el fuego del comal encendido, por si acaso su marido consigue algo de comida para llevarse a la boca.
La familia de Blanca ni siquiera tiene un terreno propio, pues la vivienda se la prestan solo para que la cuiden. Si los niños se enferman no pueden comprar medicina ni mucho menos llevarlos al doctor.
“El centro de Salud está en Los Amates. Si voy andando tardo unas tres horas entre los cerros, y después aún tengo que pagar la medicina. En carro nos cobran Q20, ida y vuelta”, dice Blanca.
La dieta diaria de toda la población de El Bañadero, Cerro Colorado, es frijol y tortilla, ni un solo producto más. Ahí no llega el vaso de leche ni ayuda de ninguna clase.
Al ver llegar al equipo de Prensa Libre, Rubén Martínez, otro de los vecinos, pregunta asustado sobre nuestra presencia en la aldea. Cree que hemos llegado a quitarle a sus hijos, porque no tiene nada para darles de comer.
Tras explicarle el motivo de nuestra visita, cuenta que las cosas están muy difíciles, no tiene trabajo y su huerto no es fértil.
“El quintal de maíz vale Q200, pero para ir a buscarlo tengo que viajar a Zacapa e invertir otros Q100 en transporte y alimentación. La verdad es que, al final, no sale la cuenta”, afirma.
Antonio Álvarez, presidente del Comité Comunitario de Desarrollo, dice que en los últimos tres años se han muerto cuatro niños, por desnutrición.
“Hay gente que solo sal come durante días, pues de las 68 familias que vivimos aquí, solo cinco tienen terreno, y los finqueros apenas dan trabajo a unas 15”, refiere.
Algunos vecinos optan por marcharse a laborar como jornaleros a Petén, pero durante los meses que pasan fuera, sus familias no disponen de un solo centavo.
Como Los Amates y Morales no forman parte de los 41 municipios considerados por el Gobierno de alto riesgo, no han sido tenidos en cuenta en los programas de alimentación.
Después del traslado de los 14 niños a los centros de recuperación, el Programa Nacional de Alimentos inició una campaña de talla y peso; sin embargo, por el momento la ayuda es mínima.
En similar situación está la aldea El Zompopero, denominada así porque sus pobladores, cual zompopos que salen de un hormiguero, tienen que escalar la montaña para llegar hasta el área urbana.
Luzbia Ramírez cree que sus hijas Heidi y Dilian no están desnutridas, pues las ve “gorditas”. Lamentablemente, su hinchazón se debe a la gran cantidad de parásitos que tienen en su estómago, no a la buena alimentación.
Afirma que no ha podido darles “el remedio para matar los animales del estómago”, porque cuesta Q50 la pastilla. Ningún médico del centro de Salud ha llegado hasta aquí para chequear a los niños, mucho menos para regalar medicina. “Los niños cuesta que crezcan aquí en el monte”, se lamenta el abuelo de las menores.
Maybely Madrid apenas tiene 30 años, pero pareciera que ya llegó a la cincuentena. Cuenta que sus hijos siempre están enfermos del estómago, de la tos y que se cansan mucho, por eso no van a la escuela.
“Los dos más pequeños se me han escapado de morir dos veces”, relata. Su hijo Fidel, de 8, ya no está en riesgo de muerte, pero su desarrollo físico y mental se ha visto tremendamente perjudicado por la desnutrición. Mide 1.30 metros, su tronco está comprimido y su estómago resalta excesivamente.
Los menores que fueron trasladados por la PDH a los centros de recuperación tendrán que permanecer 22 días en tratamiento.
La religiosa Edna Morales, encargada del hogar San José de Teculután, Zacapa, recibió a nueve de estos niños, que llegaron con fiebre y vomitando parásitos. “En este centro recibimos a todos los niños, pero tienen que estar aquí por al menos 22 días, para que se recuperen, y los padres tienen que ser capacitados, para que sepan reconocer las enfermedades de sus hijos”, comenta.
El hogar San José sobrevive con donaciones y la buena voluntad de particulares. “Para hacerles los análisis a los niños recurrimos a un médico solidario que nos hace el favor”, dice Morales.
El lunes último tuvieron que ingresar a un niño de 13 años, porque estaba convulsionando, debido al severo grado de desnutrición. No podía caminar, ni alimentarse por si mismo.
Un médico del centro de Salud de Los Amates afirmó que la crisis alimentaria se debe a cuestiones culturales. ¿Será que no comen por cultura? ¿Será que el hambre en Guatemala es cultural? Mientras se debaten las causas, los niños de Izabal siguen teniendo hambre, y algunos podrían morir hoy, mientras usted lee esta nota.
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