Guatemala, 27 de febrero de 2008

CATALEJOLa apertura de archivos castrensesMario Antonio Sandoval

UCHA ´XIK¿Mayanización?Sam Colop

COLABORACIÓNEl visitante africanoDanilo Arbilla

ECLIPSELa Cicig y su retoIleana Alamilla

A CONTRALUZDe futbol y militaresHaroldo Shetemul

CARA PARENSLarry Andrade-AbularachEncíclica Spe Salvi
¿Qué me cabe esperar? Es la pregunta que toda persona se hace en su vida. Es un interrogante acerca del sentido de nuestra existencia y del destino que nos aguarda. La formuló Immanuel Kant hace más de dos siglos, y encuentra hoy una respuesta en la encíclica Spe Salvi, del papa Benedicto XVI, sobre la esperanza.
El Papa, después de pasar revista al fracaso histórico de las ideologías que pusieron esperanzas desmedidas en el progreso científico (Bacon), la economía (Marx), o la política (Lenin), concluye: “La verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones, sólo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y que nos sigue amando ‘hasta el extremo’.”
El progreso científico no es en sí mismo garantía del bien, pues igual que ha traído muchas mejoras, también ha llevado a la humanidad “de la honda a la superbomba”, según una expresión de Theodor W. Adorno, citado por el Papa.
La redención del hombre mediante el control económico, predicado por Marx, ha dejado secuelas tremendas y empeoró las sociedades. Para el Papa, el error de Marx es que “ha olvidado al hombre y ha olvidado su libertad. Ha olvidado que la libertad es siempre libertad, incluso para el mal. Creyó que, una vez solucionada la economía, todo quedaría solucionado. Su verdadero error es el materialismo: en efecto, el hombre no es sólo el producto de condiciones económicas y no es posible curarlo sólo desde fuera, creando condiciones económicas favorables.”
Cuando Lenin comprendió que la mera expropiación de los bienes productivos no bastaba, pasó a poner toda la esperanza en la redención a través de la política aplicada por la fuerza. Pero ese intento, según el Papa, “en lugar de alumbrar un mundo sano, ha dejado tras de sí una destrucción desoladora.”
Por ello, yo siempre he manifestado que los cráneos apilados de Pol Pot ofrecen el icono de muerte al que da culto el totalitarismo marxista y leninista, y muestra vanas las promesas del colectivismo revolucionario.
El Papa sabe que “un mundo sin libertad no sería en absoluto un mundo bueno.” Y añade que “quien no conoce a Dios, aunque tenga múltiples esperanzas, en el fondo está sin esperanza, sin la gran esperanza que sostiene toda la vida.” Y por eso son insuficientes las propuestas posmarxistas de Horkheimer, Adorno o Bloch.
Tampoco se trata de una salvación individualista. Las libertades se pueden conciliar si todos aspiramos a un bien solidario. Nada hay menos humano ni menos cristiano que el atomismo social de las ideologías de la modernidad. No es cierto que, si todos buscan su beneficio egoísta, lo que resulte sea el interés general.
La esperanza lleva a la vida eterna, pero también a mejorar la vida presente. Para el Papa, “la búsqueda, siempre nueva y fatigosa, de rectos ordenamientos para las realidades humanas es una tarea de cada generación; nunca es una tarea que se pueda dar simplemente por concluida. No obstante, cada generación tiene que ofrecer también su propia aportación para establecer ordenamientos convincentes de libertad y de bien, que ayuden a la generación sucesiva, como orientación al recto uso de la libertad humana y den también así, siempre dentro de los límites humanos, una cierta garantía también para el futuro.”
Este modesto comentario es limitado por el espacio y no puede transmitir toda la riqueza de esta encíclica. Lea a Benedicto XVI. No lo dude.
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