Guatemala, 29 de junio de 2008
La aldea El Tablón tiene muchos menesteres.
• La aldea está formada por unas cien familias, pero las más afectadas son las que viven en las márgenes del río Madre Vieja.
• Desde el paso de la tormenta Stan, las personas perdieron sus viviendas, y no han construido nuevas por falta de recursos.
• Durante la crisis, seis personas perdieron la vida y algunas fueron arrastradas por el río.
• Los médicos de la fundación FUDI, en las visitas periódicas que efectúan al lugar, han encontrado graves problemas de desnutrición.
• Para acudir a un día de mercado, los pobladores deben caminar 16 kilómetros.
La familia Serech vive con la angustia de que el río Madre Vieja arrase con su vivienda.
Por coralia orantes
Aunque han transcurrido tres años desde la tormenta Stan, aún existen poblaciones que no han logrado recuperarse de los daños que ésta les ocasionó en el 2005.
Ese es el caso de 12 familias, conformadas por unas 120 personas, que viven en las márgenes del río Madre Vieja, en la aldea El Tablón, Tecpán, Chimaltenango.
Aunque estas personas viven a 16 kilómetros del casco urbano de Tecpán, el río que corre a un costado amenaza con destruir sus hogares, construidas con cañas de milpa y adobe.
Sus casas, de dos metros de ancho por siete de largo, albergan en promedio a unas 10 personas de cada familia, quienes conviven junto con gallinas, patos, cerdos y perros.
Los habitantes no cuentan con camas, estufas, ni gozan de servicios básicos como agua entubada, luz o transporte.
Los surcos trazados en el campo demuestran que se dedican al cultivo de maíz, frijol y arveja, los cuales riegan con el agua del río.
No todos los niños asisten a la escuela, algunos juegan por los caminos de tierra, mientras los jóvenes trabajan en los cultivos y participan en la extracción de arena de río, de la que obtienen Q60 por cada camionada que venden.
Cada vez que llueve, los pobladores no tienen otra opción que pedirle a Dios que su casa no sea arrasada por la corriente del río, y que ninguno de sus familiares muera en el intento de rescatar algunos de los enseres.
Todos recuerdan octubre del 2005, cuando la fuerte lluvia causó la pérdida de sus casas, animales y cultivos, y tuvieron que sobreponerse por la muerte de seis personas.
Uno de los afectados fue José Serech, quien vive en esa aldea desde hace 44 años. Allí se casó con Esperanza de Serech, con quien procreó ocho hijos.
Su vivienda, como él lo afirma, fue construida “con sus propias manos”, pero ha sido dañada por el paso del tiempo, por lo que se ha visto en la necesidad de construir otra. Ésta tiene base de block, paredes de madera y techo de lámina, pero temen perderla en cualquier momento por el crecimiento del río.
“Hemos visto cómo el río se ha llevado las casas de otros, y nos da miedo que a nosotros también nos pase, pero el problema es que el dinero no alcanza para irnos a otro lugar”, comenta José.
Ante esta situación, estudiantes de Arquitectura de la Universidad de Navarra, España, y de la Universidad del Istmo (UNIS), Guatemala, junto con la Fundación para el Desarrollo Integral, han iniciado un proyecto para la construcción de ocho casas prefabricadas en el lugar.
Las viviendas se construirán en el casco urbano de la aldea, en terrenos que cuentan con mejores condiciones que los ubicados en la orilla del caudal.
Cada casa tendrá tres dormitorios, sala, comedor, cocina y servicio sanitario por un valor de Q50 mil, costo que será asumido por dichas instituciones.
“Los estudiantes de España ya cuentan con los fondos para las cuatro viviendas, nosotros estamos efectuando diversas actividades para conseguir el dinero, pues, si fuera posible, quisiéramos construir más casas”, explica Omar Maldonado, director de Estudios de la UNIS.
Maldonado afirma que confían en que los guatemaltecos puedan hacer su aporte, para que nadie siga viviendo en la orilla del río.
El proyecto comenzará la primera semana de julio, pero se prevé que su estancia en la comunidad será de una a dos semanas, pues participarán en toda la fase de construcción de dichas casas.
Esta será la segunda vez que se lleven a cabo este tipo de obras, pues la primera fue en Santiago Atitlán.
El único obstáculo con el que se han encontrado es que los ancianos de la comunidad, como Nicolás Martín Quino, de 75 años, y su esposa, María Marta Pérez, 79, se resisten a dejar esas tierras y mudarse a otro sector.
“Allá arriba hay más frío, además no hay agua, ¿dónde voy a conseguir leña, a criar mis animales? Mejor me quedo aquí”, dice Pérez.
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