Guatemala, 10 de marzo de 2008

CATALEJOLa paz no debe tener dueñosMario Antonio Sandoval

EL QUINTO PATIOEl dilema del transporteCarolina Vásquez Araya

PUNTO DE VISTAPreocupación en VenezuelaSadio Garavini di Turno

TASSOLILOQUIOSPoesía contemporánea de GreciaTasso Hadjidodou

ARCA DE ESPEJOS¿Artistas o asesinos?Aquiles Pinto Flores

ECLIPSEIleana AlamillaUtopía irrenunciable
En marzo, se incrementan las publicaciones con relación a las mujeres: noticias, reportajes, estadísticas, comunicados, discursos, retórica, poemas y las muletillas de “mi madre, mi hermana, mi hija, mi esposa…”. Se mencionan nuestros aportes, se enaltece nuestra humanidad, se solidarizan, felicitan y ofrecen regalos y flores. Sin embargo, lo que más anhelamos las mujeres es transformar esa visión social tradicional con relación a nuestros aportes y el papel que desempeñamos.
No podemos negar que, a pesar de las resistencias, en nuestro país hay cambios, los que se expresan en diversos ámbitos, incluyendo el lenguaje; hay más participación femenina en diversas esferas públicas y un incipiente marco institucional, pero todo esto es aún insuficiente.
El movimiento feminista por la conquista de derechos ha pasado por varias etapas. Inició con la reivindicación del derecho al sufragio, como la expresión de la lucha por los derechos políticos y por la ciudadanía.
Luego, nuestras antepasadas tuvieron que exigir el derecho al trabajo en igualdad de condiciones. Sin embargo, todavía en el área rural guatemalteca, es “normal” que muchas mujeres perciban menos de lo que se le paga a sus maridos, por las mismas actividades. El trabajo realizado en casa: limpieza, cocina, lavado, planchado, cuidado de niños y niñas, educación, asistencia psicológica, primeros auxilios y recreación no es considerado como tal.
La lucha feminista continuó profundizándose, reivindicándose como sujetas sociales, o sea, dueñas de nuestras vidas. Todo esto ha sido conocido como el movimiento de liberación femenina, que busca equidad y respeto mutuo.
Nuestra generación vivió ese proceso, se desplazó por senderos peligrosos en un entorno conservador, no muchas lo lideraron con hidalguía, otras nos beneficiamos de sus conquistas y hemos ido avanzando en la toma de conciencia sobre la desigual condición que sufrimos por el hecho de ser mujeres.
Pero, pese a los importantes progresos, las mujeres seguimos desempeñando dos funciones básicas y esenciales que no son reconocidas en términos productivos: la reproducción de los trabajadores (as) como individuos —reproducción de la especie—, la cual cumplimos en nuestro rol de madres, y la de la fuerza de trabajo que se consume diariamente y que garantizamos como “amas de casa”.
En nuestro país, la mayoría de guatemaltecas todavía no disfruta del ejercicio pleno de sus derechos. Son analfabetas, carecen de viviendas adecuadas, no son sujetas de préstamos, no tienen acceso a trabajos dignos ni a los avances tecnológicos y mucho menos a espacios de toma de decisiones. Así que, las conquistas de unas cuántas son meritorias, pero no reflejan la persistente realidad de exclusión.
Hay una gran deuda social con las guatemalteca, especialmente con relación a la grosera discriminación que se practica. También se resiente la indiferencia del Estado ante la generalización de la violencia intrafamiliar y el feminicidio que nos mata física o espiritualmente a todas (os), víctimas y victimarios.
La aspirada equidad entre los géneros es una utopía a la que no renunciamos. Hay que abrir puertas y ventanas para expulsar la desigualdad. A nosotras nos corresponde seguir empujando esta carreta llena de sueños de equidad. Romper la exclusión que sufrimos las mujeres será una liberación de la especie humana.
iliaalamilla@hotmail.com
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