Guatemala, 10 de marzo de 2008
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CATALEJOLa paz no debe tener dueñosMario Antonio Sandoval

EL QUINTO PATIOEl dilema del transporteCarolina Vásquez Araya

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TASSOLILOQUIOSPoesía contemporánea de GreciaTasso Hadjidodou

ARCA DE ESPEJOSAquiles Pinto Flores¿Artistas o asesinos?
Doy gracias al cielo y a todos sus santos porque, al menos por ahora, no se oye hablar de corridas de toros en estas tierras, que ya están saturadas de sangre humana, merced a la delincuencia que nos agobia.
Lo anterior viene al caso debido a que he recibido, vía correo electrónico, un impresionante mensaje sobre la barbarie que constituyen esos grotescos espectáculos que con alguna frecuencia se realizan en determinados países, como España, por ejemplo. Si hago notar el país es porque precisamente el mensaje proviene de un amigo español de pura cepa, como lo es Miguel Zapata, quien, desde su residencia en San Salvador, me ruega hacer conciencia pública sobre la criminal costumbre de llevar los toros al matadero, mediante la solapada creencia de que se trata de una exhibición artística en donde se pone en juego el valor del hombre frente a la bestia.
De manera que, hasta donde me alcance el espacio —el que ha propósito se ha extendido un tanto, gracias a la nueva y moderna diagramación de Prensa Libre—, trataré de reeditar el envío que llegó acompañado de conmovedoras gráficas, para testimoniar lo dicho.
Tal vez ha oído —dice Miguel— que la fiesta de los toros es un arte; pues ni es fiesta ni es arte. Es la ciencia de la tortura y del genuino dolor. Veinticuatro horas antes de entrar en la arena, el toro es sometido a un encierro a oscuras, para que al soltarlo, la luz y los gritos de los espectadores lo aterren y trate de huir saltando las barreras. Esto produce en el público la idea de que el toro es feroz, pero en realidad, trata de huir, no de atacar. Aparte de que le recortan los cuernos, para no herir al torero, le cuelgan sacos de arena en el cuello durante horas, le golpean los testículos y los riñones, además de que le provocan diarrea, dándole de beber agua con sulfatos, para que salga débil y desorientado al ruedo. Al animal le untan grasa en los ojos para dificultar su visión y le echan en las patas unas substancias que le producen ardor, lo cual le impide mantenerse quieto con tal de no deslucir la actuación del torero. La tortura sigue; si tiene suerte, lo matan con una espada de 80 centímetros de longitud, y el toro agoniza con enormes vómitos de sangre. De lo contrario, lo apuñalan con el “descabello”, otra larga espada que termina en una cuchilla de 10 centímetros. Respecto de los caballos de los picadores, asegura Miguel que se eligen animales que ya no tienen valor comercial, pues sólo aguantan de tres a cuatro corridas, a lo mucho, porque sufren quebraduras múltiples de costillas y destripamientos de órganos.
Y la razón por la cual se le colocan petos es para simular que se les protege, pero tratan de que el público no advierta las heridas del caballo, las que con frecuencia presentan exposición de vísceras.
Entre algunos comentarios relacionados con la tortura de animales, recordemos a Schopenhauer: “La conmiseración con los animales está íntimamente unida con la bondad de carácter, de tal manera que se puede afirmar que quien es cruel con los animales, no puede ser buena persona. Sólo los sicópatas gozan con el sufrimiento de otros. ¿Eres tú uno de ellos? Reflexiona, esta es una tradición que no debe continuar”.
Antonio Gala escribió en el diario español El País: “Y de repente, el toro miró hacia mí, con la inocencia de todos los animales reflejada en los ojos, pero también con una imploración. Era la querella contra la injusticia inexplicable, la súplica frente a la innecesaria crueldad”.
pinto_flores@hotmail.com
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