Guatemala, 12 de marzo de 2008

CATALEJOHora sin cambiosMario Antonio Sandoval

UCHA´XIKTierra, tierra, tierraSam Colop

ECLIPSEAlerta amarillaIleana Alamilla

A CONTRALUZSin rostro indígenaHaroldo Shetemul

CARA PARENSNo más escuelas sin librosHosy Orozco

COLABORACIÓNDanilo ArbillaRespeto mutuo
Tengo un amigo aficionado al golf a quien la directiva de su club lo suspendió por 30 días, por haberse liado a golpes de puño con otro jugador. Mi amigo fue el agresor físico, pero ambos “protagonistas” fueron suspendidos por igual período. Dice mi amigo que “el otro”, desde el primer hoyo, venía “contando” mal.
Es extraño que en el golf ocurran esas cosas: que se líen a golpes de puño o que un jugador haga trampas. La idea es que se trata de un juego donde se denuncian errores y faltas propias, y se advierte a los rivales de que pueden jugar de manera equivocada o que han sumado golpes de más, en perjuicio propio, conducta totalmente ajena a cualquier otro tipo de competencia deportiva. Pero las cosas se popularizan y cambian, por más que los escoceses ni soñaran con ello cuando hace más de medio milenio crearon el golf. También Adam Smith, escocés a su vez, se asombraría hoy al ver cómo más de uno se abusa de su “mano invisible” —la que transformaba los egoísmos de cada uno en progreso equitativo—, para meterla subrepticiamente, y hasta sin tanto disimulo, en los bolsillos de los demás. Muchas cosas han cambiado.
La cuestión es que mi amigo, avergonzando y tras dar las debidas disculpas, insiste en que a veces no hay otra alternativa: las opciones eran dejar de jugar y renunciar a su legítimo derecho, presentar una denuncia —la palabra de uno contra el otro— o hacer “la vista gorda y lavarse las manos” para evitarse líos, pero sin cumplir con su deber de cuidar de los intereses de todos los demás que estaban jugando. Él cree que hizo lo correcto: le observó, en más de una oportunidad, que había “cantado” golpes de menos, lo que enojó al “otro” que, como respuesta, lo acusó a él de hacer trampas, utilizando gruesos calificativos, del estilo de los que usa Hugo Chávez con los colegas que no le caen bien, que no hacen lo que a él le gusta o lo mandan a callarse.
Las autoridades del club hicieron lo correcto al suspender a mi amigo. Es inadmisible, desde cualquier punto de vista y cualquiera sea la razón, liarse a golpes mientras se juega al golf. La próxima vez, lo echan. Pero también investigaron, vieron antecedentes y escucharon más de una opinión, y suspendieron al otro. No puede el club, concluyeron, aceptar actos, expresiones y “agresiones” que, aunque no físicas y directas, no son menos graves y sin duda a la larga conducen a situaciones de violencia.
Algo parecido es lo que le sucede al club de “la Organización de los Estados Americanos (OEA)”, cuyos directivos, dicho sea de paso, no siempre se manejan con la ponderación e imparcialidad con que lo hacen los del club de golf de mi amigo.
Hace bien, sí, la OEA en rechazar de plano cualquier tipo de intervención directa y de violación del territorio y la soberanía de un país, por parte de otro u otros, cualquiera sean los motivos y circunstancias. Con ese principio no se transa. Pero también deberá investigar más.
Habrá de establecer cómo se define que un país y un gobierno, que se dice amigo o que se sienta en la misma directiva del club, dé espacio o cobijo a terroristas que buscan por la violencia derrocar a un gobierno legítimo y que además están asociados al narcotráfico y utilizan el secuestro de inocentes como instrumento de lucha. Y habrá que saber cómo explica ese gobierno vecino esas presencias en su territorio.
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