Guatemala, 5 de mayo de 2008

CATALEJOAyer, hoy y mañanaMario Antonio Sandoval

ECLIPSECobertura departamentalIleana Alamilla

EL QUINTO PATIOExpresión en libertadCarolina Vásquez Araya

TASSOLILOQUIOSEmotivo homenaje en la Universidad Popular (I)Tasso Hadjidodou

ARCA DE ESPEJOSDeporte y egoísmoAquiles Pinto Flores

PUNTO DE VISTASadio Garavini di TurnoIdeología y política exterior
La política exterior de un Estado puede definirse como un proceso de fines, medios, acción y resultados, que se concretan en actos oficiales, verbales y no verbales, hacia un actor o actores en el sistema internacional. El conjunto de estos actos dirigidos al exterior forma un todo más o menos coherente de políticas exteriores sectoriales y regionales. La política exterior de un Estado además depende, básicamente, de dos factores: 1) Las necesidades y estímulos internos del Estado, como la supervivencia, el desarrollo socioeconómico. 2) Los estímulos y desafíos que provienen del sistema internacional.
Ambos factores condicionan la política exterior, en la medida y en la forma como sean percibidos e interpretados por las personas que tienen la función de seleccionar y jerarquizar los fines del Estado, o sea, los encargados de la toma de decisiones. Los fines del Estado, a su vez, están condicionados por el potencial del Estado, que tiene elementos tangibles (e.g., territorio, población, recursos naturales, capacidad militar) e intangibles (e.g., nivel técnico y educacional, homogeneidad nacional). En la Venezuela actual, hay un “único y supremo” encargado de la toma de decisiones. Por tanto, el caudillo selecciona y jerarquiza los fines del Estado venezolano, de acuerdo con la percepción e interpretación que tenga de las necesidades internas y de los desafíos externos. Para colmo, su megalomanía le hace ver patológicamente hipertrofiado el potencial de Venezuela.
Está convencido de que Venezuela es una gran potencia en vez de un Estado mediano, subdesarrollado, monoproductor y monodependiente que, coyunturalmente, disfruta de abundantes recursos fiscales. Por tanto, Venezuela tiene una política exterior peligrosamente “sobreextendida”. Lo más grave es que los “lentes ideológicos” con los cuales Chávez interpreta la realidad lo conducen a actuar en contra de los intereses y fines permanentes del Estado. La ya evidente asociación con los narcoterroristas y secuestradores de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia ha conducido a un marcado deterioro de las relaciones con ese país, la relación bilateral más importante de Venezuela, nuestro segundo socio comercial, con el cual tenemos en común la frontera viva más relevante de América Latina. Por la ceguera ideológica del “supremo”, estamos, estúpida e innecesariamente, enfrentados con EE. UU., nuestro mercado natural y primer socio comercial.
Por la misma razón, Chávez no está defendiendo los intereses de Venezuela en relación con la reclamación de la Guayana Esequiba y nuestra “salida libre” al Atlántico, en la cual están en juego enormes potenciales de hidrocarburos. En marzo del 2004, Chávez declaró que Venezuela no se oponía a que Guyana otorgara unilateralmente concesiones y contratos a compañías multinacionales en el río Esequibo, con lo cual acabó con 40 años de diplomacia venezolana y entregó unilateralmente y, a cambio de nada, una de nuestras pocas armas de negociación.
El “supremo”, en febrero del 2007, deslegitima la reclamación venezolana, al afirmar que la reclamación fue solo producto de la presión de los Estados Unidos para desestabilizar el gobierno filocomunista de Cheddi Jagan, en plena Guerra Fría, lo cual es históricamente falso. La política exterior de un Estado serio no puede manejarse de esta manera. La irresponsabilidad, al final, se paga.
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