Guatemala, 5 de mayo de 2008
Edición del IV Centenario. Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española. Alfaguara, 2004. 1360 páginas.
Por Ramón Urzúa Navas.
Quiero empezar por lo obvio, que es siempre un buen punto de partida. Y lo obvio es que Miguel de Cervantes Saavedra, ese inmenso genio capaz de engendrar al Caballero de la Triste Figura desde una celda inmunda en la cárcel de Sevilla, ha conseguido seguir nublando a todos sus hermeneutas, biógrafos y hagiógrafos con el enigma vaporoso de su vida.
Pero estas líneas no pretenden hacer coro en el orfeón de ilustres que, España rancia y pandereta de por medio, resolvieron, sin más, hacer del Manco de Lepanto un héroe fidelísimo al Rey y a la bandera, para imaginarle enseguida una mitología belicista como símbolo eterno del ingenio y la bravura hispánicos, a mayor gloria de Dios.
Lejos de mí los incensarios. Pero tampoco puedo permitirme iconoclastias contra el culto de aquel que, cuatrocientos años después, coloca su mesa de trucos en las páginas irónicas del proyecto fictivo más sutil y turbador de cuantos fueron jamás. ¡Ecce libro!...
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, la primera novela moderna, así reconocida incluso en la pontifical arrogancia de Harold Bloom y su canon occidental.
¿Cómo reseñar la máxima expresión de la prosa española sin seguir embalsamando a su protagonista en las mirras perpetuas del cliché? ¿Qué sigue sin decirse, qué continúa oculto bajo la piedra inquisidora de la crítica? ¿Qué impelió, en fin, a Fiódor Dostoievski a decir del Quijote que “en todo el mundo no hay obra de ficción más profunda y fuerte que esa”? “Hasta ahora”, precisaba el patriarca de los novelistas rusos, “(Don Quijote) representa la suprema y máxima expresión del pensamiento humano, la más amarga ironía que pueda formular el hombre y, si se acabase el mundo y alguien preguntase a los hombres: ‘Veamos, ¿qué habéis sacado en limpio de vuestra vida y qué conclusión definitiva habéis deducido de ella?’, podrían los hombres mostrar en silencio el Quijote y decir luego: ‘Ésta es mi conclusión sobre la vida y... ¿podríais condenarme por ella?’”.
Quizá convenga ensayar un argumento. Don Quijote… es la historia de Alonso Quijano, un envejecido hidalgo manchego que, tras insomnes lecturas de novelas de caballería, es invadido por una suerte de demencia que lo hace creerse uno más de los nobles personajes cuyas cuitas y aventuras ha acabado de leer.
Decidido entonces a resucitar el altruista y ya anacrónico oficio de la caballería andante, se impone la misión de defender a indefensos, socorrer a viudas, “desfacer entuertos” e impartir justicia allá donde no la haya. Se hace auxiliar de un escudero que resulta ser su vecino, el labriego Sancho Panza, quien ha abandonado a su mujer y familia a cambio de la riqueza prometida por su nuevo señor.
Un jamelgo viejo, Rocinante, se convierte en el corcel con el de la Triste Figura atacará molinos de viento (a los que toma por gigantes) e irá en busca de su idealizada dama, Dulcinea del Toboso, tras haber pernoctado en posadas que supone castillos y tras haber confundido a rebaños con ejércitos enemigos. Pero son muchos más los episodios con que, a los agelastas de su siglo, Cervantes arranca risas; a los dieciochescos, moralejas; a los decimonónicos, lágrimas; a los del XX, reflexiones; y, a los “posmodernos”, interpretaciones cabalísticas.
Dado que fue concebida en dos partes, más exacto sería afirmar que la obra cimera de las letras españolas es en realidad dos libros: uno publicado en 1605, y otro, 10 años después, fruto del vientre simbólico de un Cervantes más introspectivo, más narrador y más consciente de su propio éxito. Pero decir que son dos libros es decir infinitamente menos del guarismo textual desplegado en las páginas del Quijote, que contiene la prefiguración de toda novela posterior.
Y si la parte inaugural constituye en sí misma una novela polifónica (la primera, de hecho, de toda la historia de la literatura), con su perspectivismo narrativo y su intercalación de distintos planos de realidad y de ficción, la segunda parte es ya la apoteosis de la metatextualidad en estado puro: Cervantes, por ejemplo, hace entrar a Don Quijote, el personaje, en una imprenta que publica sus propias aventuras, y luego se encuentra con el Don Quijote apócrifo de Avellaneda, a quien acusa de usurpar su identidad, en una superposición de niveles de realidad narrativa que no conoció Occidente sino hasta centurias más tarde.
El desenlace ya lo conocemos… ¿Lo conocemos? Propongo que el lector decida con qué Quijano se queda: si con el de los comportamientos problemáticos y actividades en suma irregulares para una España acatarrada de “limpieza de sangre” y religión, o si con el de los altos ideales para un tiempo que no era el suyo ni el de ninguno… Si con una narración de bellaquerías, confusiones, transculturación, travestismo, juegos perversos, disquisiciones filosóficas e historias imposibles, o si con una narración que contiene todo eso, pero que precisamente por eso se yergue, Dios mío, como el obelisco de Luxor en medio del desierto y la avidez de la mejor literatura.
Pido a Benedicto XVI que canonice a Don Quijote; qué más da tener otro santo a quien ya Rubén Darío dedicó letanías. Por lo demás, la edición de la RAE, publicada por Alfaguara, es quizás la menos incorrecta y asequible, aun a pesar del prólogo de Vargas Llosa; una joya de venta en cualquier librería. ¿Acepta usted el reto?
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