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Guatemala, 12 de mayo de 2008

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EL QUINTO PATIOCarolina Vásquez ArayaEl apetito y el hambre

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Los ojos vacíos, los vien-tres hinchados y la piel pegada al esqueleto. Es la imagen de las famosas fotografías tomadas por Don McCullin en 1969, en medio de la guerra que asoló a una región separatista de Nigeria —Biafra— con el saldo de más de un millón de muertos por la hambruna.

Durante los años 70, Biafra fue sinónimo de hambre y abandono. El mundo observaba con horror las imágenes de las mujeres y los niños africanos, víctimas de un conflicto bélico provocado por el control de los yacimientos de petróleo y la internacionalización de una lucha tribal.

Esas imágenes se repiten hoy en los reportes de la hambruna en países como Guatemala, donde casi la mitad de su población infantil presenta índices severos de desnutrición mientras sus parlamentarios discuten sobre la construcción de un nuevo palacio legislativo y sus gobernantes negocian decisiones de Estado con empresarios y organismos internacionales.

Los nuevos funcionarios de Gobierno han comenzado su gestión experimentando un apetito feroz, una especie de vértigo por el poder inmerecido del cual repentinamente gozan, un ansia de comenzar a hacer uso de los recursos a su disposición para ir construyendo sus inaccesibles fortalezas políticas.

Ese apetito, aún cuando el inefable DRAE establece cierto paralelismo, en nada se parece al hambre. Hambre es lo que experimentan los guatemaltecos pobres en los caseríos del interior de la República, en los anillos de miseria que rodean las ciudades y en las míseras parcelas de tierra que apenas producen para medio subsistir.

Hambre es la enfermedad endémica de un pueblo abandonado por su clase política, la cual, de tanto negociar con los recursos de la Nación, ha terminado por adueñarse de su vida institucional, destruyendo su bien más valioso: la credibilidad en las autoridades y en el sistema democrático.

El apetito no se parece en nada al hambre. No, en todo caso, al hambre estampada en blanco y negro o en colores por los reporteros de la guerra y de la miseria. El hambre que está matando a los niños y niñas de Guatemala a pausas, quitándoles sus deseos de vivir y atrofiando sus cerebros para convertirlos en seres carentes de imaginación, desprovistos de futuro.

Pero sí se parecen el costo del hambre y el del apetito. Ambos provienen de la ambición desmedida de una casta dirigente miope, desleal y cortoplacista. Esa casta de malos ciudadanos que está condenando a su patria a un desastre largamente anunciado.

elquintopatio@gmail.com

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