Guatemala, 5 de enero de 2009
Un libro con sabiduría, sin las pretensiones de un libro de sabiduría.
Por Juan Carlos Lemus
Existe una horda de viejos farsantes que ha prostituido la magia y verbo escrito en las filosofías orientales. La razón, el mercado.
¿Quiénes son? Norman Vincent Peale, Og Mandino y otros de la calaña de Paulo Coelho. Ellos han llenado de bisutería los corazones vacíos. Frente a la pobreza mundial en donde las sociedades luchan por explicarse cuál es el origen y rumbo que los individuos deben tomar, aparecen los reyes magos que predican las “verdades” de un “positivismo” cursi, maloliente y, por lo general, estúpido.
Peale es un engendro más cercano a un vendedor de Dios que un escritor de verdades; Og Mandino intenta convertir en magnates a sus lectores, tal como suelen hacerlo los pastores evangélicos modernos para aumentar sus propias ganancias, y Coelho es como una señora astuta que encontró la mina de oro al recrear historias para consumo de otras señoras deseosas de estrenarse como intelectuales.
Contrario a ellos, están los buenos libros como el Tao Te King, el Bhagavad Gita, el Dhammapada (atribuido a Buda), Los Toros del Zen, el Arte de la Guerra que se atribuye a Sun Tzu, o Los Upanishad. De éstos y otros se desprenden huracanes y vientos apacibles que cientos de escritores han sabido introyectar de tal manera que cuanto escriben tiene sentido.
No sé de buenos escritores que no hayan indagado en las filosofías orientales. Ciorán, en su Ese maldito Yo, bulle de sosiego y contemplación frente a un día a día que se adivina turbulento. Borges, Octavio Paz, incluso Verlaine dándole nuevas luces a lo bello, muchos gozaron de un retorno hacia la mente en blanco. Ese vaciarse de intelecto, ese abrevar de los pozos más llenos de sabiduría para luego vomitarlos; ese aparente desprendimiento de la inteligencia y de la materia tiene por nombre retornar al origen.
Ese retorno a las cosas sencillas y la capacidad de contraer nupcias con un lago es una religión liberada de la porquería intelectual que dejan muchos de los libros leídos.
Nadie lo entendió tan bien como Nietzsche: “¡Es un infeliz quien todavía tropieza con piedras y con los hombres!” (Así hablaba Zaratustra). Y nadie lo predicó con tanta violencia y brillantez como Osho en sus cientos de libros dictados.
Es por eso que al leer De la mano con Frasquito, lo más reciente de J. J. Benítez, no me sorprende que la recomendación pueda parecer un tanto insulsa. ¿Por qué habríamos de ocupar nuestro tiempo en un librejo escrito por un abuelo que se ha dedicado toda su vida a escribir sobre Ovnis, de otras versiones del Crucificado y sus investigaciones en torno a Troya?
La razón es muy simple, como simple es el libro: el escritor ha comprendido. Esta vez no lo ocupan los fenómenos de otro mundo, sino la ingenuidad de un pequeño. Es un sencillo paso por su vida y la de su nieto, ambos cogidos de la mano y deteniéndose a mirar el horizonte.
Benítez, a diferencia de Mandino o Peale, no utiliza el conocimiento para dar consejos ni para dar comida digerida a la boca de los hambrientos, sencillamente cumple su deseo de describir dos etapas de la vida que son semejantes: la adultez y la niñez.
El libro es un ejercicio de madurez. Son fragmentos del asombro. Es la condición humana que ha cumplido un ciclo y puede sentarse a mostrar que es más importante vivir que leer. Es una nueva manera de ver el mundo: “Humaniza ’a’ las cosas –escribe Benítez- Ellas también tienen sentimientos, pero no se atreven”.
No es un libro de mensajes positivos, sino un mostrador de verdades profundas dichas con la sencillez del viento.
www.juancarloslemus.com
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