Yo-tú, nosotros
Claro que la salvación que viene por Jesucristo reside tanto en su “ser Dios” como en su haber “asumido lo más concreto de las debilidades, peligros y dificultades humanos”, tal y como sucede en el ambiente de la familia desde siempre.
Si discuten los entendidos acerca del origen de “familia”, sea de “famulus” —esclavo, del grupo de siervos de un hombre— o de “fames” —hambre, en relación al grupo que come junto—, una cosa es cierta: en la familia se escriben dos tipos de relaciones que apuntan al “compartirlo todo”, especialmente las dificultades de la vida: 1) la relación esposo-esposa o yo-tú cuya armonía es básica, pues de su amarse, llevarse bien, etc. depende del equilibrio psíquico e integral de los hijos. Ya el principio natural de la complementariedad sexual, en el mismo plano fisiológico, apunta al logro de la “dicha en la unión” de masculino y femenino, de ese primer yo-tú sobre lo que se construye todo lo demás; 2) también existe la relación “nosotros”, pues la pareja de los esposos va “haciendo frente común” ante la sociedad, y la llegada de los hijos refuerza la experiencia aquella de “fames, familia”: no solo el comer, sino el gozar o bien el padecer juntos.
En esa “escuela de fortaleza” aprenden los hijos, el carácter y “virtudes” que no podrán darles los mejores centros académicos y ni siquiera las más exquisitas experiencias religiosas, si ha faltado la nutrición de lo humano en el hogar. Hoy, la Sagrada Familia no es felicitada, sino, como tantas en nuestros días, percibe la sombra de la amenaza, la inseguridad, de la muerte acechante, del peligro de poderes sociales oscuros pero concretos, y como paradigma de los que sufren en tierra propia, debe escapar al extranjero. El detalle positivo de una página tan oscura es que “viven, sufren y superan juntos” la amenaza de Herodes. Ellos pasan del yo-tú donde Dios ya ha intervenido en María, al darle la vocación de ser madre de su Hijo, al nosotros: tal es la clave de la madurez personal que se recibe en familia: pasar del reclamo del egoísmo de cada uno, al sacrificio por el bien del grupo.
Tal es la clave de una sociedad que “será lo que sus familias sean” —Siervo de Dios Juan Pablo II—: el propiciar y orientar hacia la “convivencia familiar”, haciendo de ella un derecho inalienable. Ya lo decía Madre Teresa de Calcuta: “Hay que estar más tiempo juntos, pero veo a los ancianos en los asilos, a los padres trabajando por su cuenta y a los hijos solos y desorientados”. Poco a poco, en sacrificio de las familias, los Estados exaltan los “derechos individuales” a tal punto que la sociedad de los “individuos” parece la ideal incluso para los manejos económicos de los pueblos. Que la Sagrada Familia inspire la madurez de todos los miembros de la “casa guatemalteca”, también ella amenazada, pero nunca vencida si unida en la oración, el diálogo, la donación de cada uno para el bien de los demás.