En tal libro me encuentro con un ensayo titulado Del letrismo o la apología del vacío. Como acostumbraba en esa época, abría cada ensayo con un epígrafe. En este caso tomo las siguientes palabras de Ray Bradbury, en “Fahrenheit 451”: “Los clásicos reducidos a audiciones de radio de quince minutos; reducidos luego en un diccionario en diez o doce líneas… Ese ha sido el desarrollo espiritual del hombre durante los últimos cinco siglos”.
Lo transcribo como si su autora no fuera yo: El afán de exhibicionismo en todos los campos de la vida y del arte es una especie de necesidad permanente de los humanos. Ello, unido a la nueva tecnología impactante iniciada en el siglo XX, da resultados asombrosos y temerarios. En el campo de los “ismos” europeos de principios de siglo que invaden Latinoamérica y aún la impactan, hay corrientes de una riqueza increíble —tal el Dadaísmo y Surrealismo—. Pero también existen ciertos “ismos” que lindan con la peligrosa deshumanización nacida en un mundo gobernado por la máquina unida a la rutilante praxis.
Tal el “letrismo” de Isidore Isou, cuyo propósito fundamental es destruir la palabra, aniquilar la materia verbal, iniciarse en el vacío a través de letras que suenen pero que no signifiquen, que den sensaciones y eliminen conceptos. Y se llama “letrismo” porque se pretende que únicamente con letras, el creador forme de manera caprichosa palabras que nos den poemas que no sobrepasen los sonidos y las sensaciones. (Cito el “Ritual suntuoso para la salvación de los espacios” de Jerome Arbaud). Indudablemente estas sonoridades evocan cantos eróticos o guerreros de algún clan africano. Habría que ser cantado a ritmo de tambores, más que leído. Y el simple sonido rítmico transmite sentimientos instintivos ocultos. Hasta aquí aceptamos el hallazgo de este “ismo”, y sus repercusiones en el campo de las grandes creaciones literarias, como en la de “Ulises”, de James Joyce. Con todo, estamos conscientes del riesgo que puede encerrar, en esta época deshumanizada, el proclamar de manera fanática que toda literatura debe quedar supeditada al “letrismo”. Está bien como recurso auditivo-sensorial dentro de una obra, o como canto primitivo al son de los tambores. Pero no como obra literaria en sí misma. Sería desconsolador y aberrante tomar un libro, abrir sus páginas y encontrarnos únicamente con letras que nos dejan como robots, incomunicados y flotando en la nada.
Los seguidores del “letrismo” han vislumbrado, sin embargo, algo más profundo. Así dicen: “No se trata de destruir las palabras para crear otras palabras, sino de concretar el silencio, de escribir la nada”. Su punto de vista es claramente existencialista, aunque hay ciertos existencialismos temerarios, en el sentido de que tienden a la deshumanización. Este puede conducir a la mecanización o robotización del mundo literario, el cual dejaría desde ese momento de serlo…