ESCENARIO DE VIDAEl Polo Norte en Navidad
En la oscuridad de la noche po-lar, los tripulantes de la embarcación Tara que me dieron cobijo durante mi visita al Polo Norte, me han escrito contándome que ya están en tránsito entre el hielo y el mar intentando regresar a Longyearbyen. Es impredecible su regreso, ya que, como recordarán, Tara navega a la deriva polar, y parte de su experimento es ver qué tan rápido van las corrientes oceánicas con el deshielo.
El descongelamiento del Polo es tan severo que la posición inicial del Tara en septiembre del 2006 era a más de 400 kilómetros al sur de donde está hoy. Tara ha cubierto más de dos mil km en línea recta, que es el doble de lo anticipado, y tres veces más de lo que los modelos habían pronosticado.
En este momento se encuentran a 50 kilómetros de un mar libre de hielo, pero el velero mítico francés aún se mueve con cierta dificultad. Va con más vitalidad que antes, pero luchando contra las tormentas. Aun en medio de pedazos de hielo, con amenazas de estrellarse contra un iceberg, busca la forma de internarse en mar abierto avanzando a la voluntad de los vientos, con nuestra bandera de Guatemala izada a la par de las banderas de seis potencias mundiales.
Puede que los tripulantes de Tara estén ahora viviendo casi un sueño, o quizás una pesadilla. El querer regresar a casa para Navidad es parte de la ilusión, pero la amenaza de la deriva polar es grande.
Las estrellas fueron por mucho tiempo los únicos testigos de esa dura ruta. Tara estuvo en el Polo encasquetada entre dos plataformas de hielo, navegando a menos de un nudo por hora. La luz de las estrellas era la iluminación perfecta para divisar el horizonte y ver formados en el hielo dragones, serpientes o aves que sólo con la imaginación cobraban vida.
Hoy un descenso a cualquier banco de hielo es limitado, y se aventuran a hacerlo sólo cuando el mar se ve calmado y para aprovisionarse de agua potable, lo que les obliga a racionar el agua.
En lo concerniente a su letrina en el hielo, ya la perdieron. El baño de una vez por semana también terminó. Puedo imaginar las penalidades que están pasando sin bañarse para nada, y cómo se las han de arreglar para construir una letrina provisional en la parte de la cubierta trasera del barco. Dentro de una expedición extrema, todo se vale con tal de sobrevivir.
Hoy los vientos del norte tendrán que soplar mucho más fuerte para que puedan llegar a tiempo a tierra firme.
Antes de llegar al mar sin hielo, el ruido era tenebroso. Debíamos escuchar día a día un constante crujido del hielo contra el casco; un ruido que se incrementaba con el miedo de enfrentarnos a los osos polares que pudiesen haber subido a la cubierta. Pero hoy, la emoción de regresar a casa les embarga, y el ruido de las olas que oyen venir y el rápido movimiento del barco que con las tormentas llega a más de 50 nudos, es música a sus oídos.
El Polo Norte en Navidad quedará desierto sin Tara, y los osos polares les extrañarán. Sin embargo, espero que Santa Claus aún encuentre un bloque de hielo suficientemente firme en donde pararse para Navidad.