Escenario

Horrores idiomáticos y algo más…: La tía Mariíta 

El sábado recién pasado, Mariíta Molina de Valladares cumplió cien años, en los que ha vivido, como todos los seres humanos, días felices y días dolorosos.

Hija única de Acisclo Molina Izquierdo, hermano de mi abuelo Tácito, y de María Rubio Aguirre, cumple esa centuria rodeada del cariño de sus hijos, nietos, bisnietos, los primos que aún le quedan y sus sobrinos, que somos bastantes, y la queremos con el inmenso cariño que ella se ha sabido ganar. Me ha confesado que su primera tristeza fue no hacer la primera comunión el 26 de diciembre de 1917, cuando ya todo estaba preparado para los dos festejos: el primero, recibir a Jesucristo, su guía de siempre, y el segundo, celebrar con una gran fiesta ese día gozoso para ella. Pero el 25 de ese mes y año ocurrió el primer gran terremoto de la serie que estremeció a Guatemala y desde entonces hasta febrero de 1918 la tierra no dejó de temblar. La comunión se postergó y la hizo dos años más tarde, cuando el vestido ya le quedaba un poco corto, pero ella lucía muy linda, porque Dios la dotó de belleza física y belleza del alma.

Casó la tía con el licenciado Luis Valladares y Aycinena, con quien vivió durante más de cincuenta años hasta el día en que el Señor lo recogió, y esa fue una inmensa pena para ella, pues habían tenido un matrimonio ejemplar en el que el amor conyugal jamás tuvo un solo pero. Tuvieron seis hijos: Luis Domingo, María del Rosario, Lucía, María Dolores, que murió siete día antes que naciera yo, y ese fue su primer gran dolor, luego nació Rodrigo y finalmente Acisclo, el benjamín de la familia. Hija amorosa como pocas, sufrió mucho con la partida al más allá del tío Acisclo y la tía María. Pero por cada gran dolor tuvo grandes compensaciones: las que le han dado todos sus descendientes que la adoran, y con razón.

Hacia 1940, Mariíta y Luis repararon la casona solariega en la que todavía viven ella y Luis Domingo. Esa casa, una de las primeras que se construyeron en la nueva Guatemala de la Asunción, la compró don Juan Hurtado de Mendoza en 1810 a los herederos del padre Jaúregui y desde entonces ha pertenecido a la familia (don Juan era tatarabuelo de la tía, de papá y de los demás nietos del doctor Tácito Molina Guirola y de doña Carmen Izquierdo y Hurtado de Mendoza). Mariíta adquirió los derechos de los demás herederos y, como ya lo mencioné, ella y tío Luis la remozaron. En el patio principal hicieron una piscina, en la que una u otra vez hemos caído todos los Molina (de niños y por travesuras, que conste), lo demás, excepto por los pilares de madera, ya picados, que fueron sustituidos por los actuales, de concreto, se conservó igual y las gruesas paredes absorben los ruidos de la calle.

En esa casa amada por la tía Mariíta se han celebrado sus cien años. Siempre linda, elegante, inteligente y con la educación que mamó y conservó durante todos sus años de embajadora y aún posee, recibió a todas las personas que la quieren.

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