Liberal sin neo
Dos años después del 7 de octubre
El terrorismo no puede ser recompensado con reconocimiento o concesiones.
Han pasado dos años desde el ataque terrorista de Hamás contra Israel, el 7 de octubre de 2023. Más de mil 200 personas fueron asesinadas y centenares secuestradas en una masacre indiscriminada, que incluyó a mujeres, ancianos y niños. No fue una ofensiva militar, sino un acto de barbarie deliberada; el propósito no era ocupar territorio ni obtener concesiones políticas, sino infundir terror y destruir la confianza de los israelíes en su propia seguridad.
Israel respondió con operaciones militares que transformaron el mapa político y estratégico de Oriente Medio. La ofensiva en Gaza destruyó gran parte de la capacidad militar de Hamás, mientras en el norte debilitó la capacidad de Hezbolá de atacar desde el Líbano. En paralelo, Israel lanzó operaciones encubiertas y ataques selectivos contra objetivos iraníes, el patrocinador principal de las milicias islamistas que rodean su territorio. La ofensiva culminó con la destrucción de instalaciones nucleares iraníes, en una acción conjunta con Estados Unidos que cambió la correlación de poder en la región.
Hamás ha rehusado rendirse o liberar a los rehenes sin condiciones imposibles, ha seguido combatiendo entre la población civil, dispuesto a sacrificar Gaza entera con tal de conservar el poder. La devastación y tragedia humanitaria son consecuencia directa de esa estrategia: utilizar a la población civil como escudo. Hamás ha mantenido cautivo a su propio pueblo y a buena parte del mundo árabe, que durante décadas ha permitido que la causa palestina funcione como narrativa política e instrumento de chantaje.
El país experimentó un trauma colectivo, pero también una renovación moral.
El impacto en Israel ha sido profundo. El país experimentó un trauma colectivo, pero también una renovación moral. La sociedad israelí se unió en torno a un consenso; no puede haber coexistencia con un vecino cuyo objetivo declarado es aniquilarla.
La guerra también reveló una paradoja cultural en Occidente. En universidades y protestas de Europa y Estados Unidos, la causa palestina fue adoptada como bandera de una nueva militancia “interseccional” que dice defender la justicia y los derechos humanos, pero ignora el carácter totalitario e intolerante de Hamás. Se repite un patrón; la fascinación romántica de cierta izquierda por movimientos que se victimizan, aunque sean abiertamente enemigos de los valores que esa misma izquierda dice defender.
En el plano diplomático, el escenario ha cambiado. Varios países árabes —Egipto, Jordania, Emiratos y Arabia Saudita— han comprendido que el obstáculo para la estabilidad no es Israel, sino el radicalismo islamista que tiene de rehenes a los propios palestinos. De esa convergencia nace el llamado “plan de 20 puntos”, impulsado por Estados Unidos y ya aceptado por Israel, que propone una salida negociada bajo supervisión internacional; desarme de Hamás, liberación de rehenes, administración interina en Gaza y garantías de seguridad. Es un esquema realista, que reconoce que la paz no puede construirse mientras los terroristas sigan armados y atrincherados en el poder.
Israel pagó un precio altísimo, pero ha recuperado la iniciativa estratégica, legitimidad y unidad. La población civil de Gaza ha sufrido y su territorio queda devastado; Hamás ha sido derrotado, aunque conserva el poder a fuerza de terror y propaganda. Irán, debilitado, enfrenta ahora una coalición más cohesionada de países árabes y occidentales. La lección más importante es ética: el terrorismo no puede ser recompensado con reconocimiento o concesiones. Ceder ante quienes glorifican el terror sería negar el derecho de Israel —y de cualquier nación libre— a existir en paz.