ColaboraciónEstados Unidos bajo ataque
Primero el caos. Un avión se había estrellado contra una de las torres gemelas del World Trade Center. La duda: ¿era un acto terrorista o se trataba, sencillamente, de un piloto desorientado o de un error en una torre de control? La respuesta vino 18 minutos después. Otro avión, en cadena nacional por la televisión norteamericana, se estrellaba contra la segunda torre. Una fuerte explosión sacudió las pantallas… y el alma de Estados Unidos.
Sí, los temores iniciales se habían materializado. Se trataba efectivamente de un ataque terrorista. No era posible que dos aviones se hubieran estrellado contra la misma estructura sin la intención de causar una crisis. Minutos más tarde, Washington era atacado. Otro avión de pasajeros se clavó contra el Pentágono, el Departamento de Defensa. Y conforme pasaban las horas nos enteraríamos que esos no habían sido los únicos aviones secuestrados y, luego, utilizados como bombas rellenas de pasajeros.
El peor ataque terrorista en la historia en territorio norteamericano sorprendió al presidente George W. Bush en Sarasota, Florida. Su esposa, Laura, el vicepresidente, Dick Cheney, y el líder demócrata del congreso, Richard Gephardt, inmediatamente fueron trasladados a un lugar seguro y secreto.
El avión presidencial, Air Force One, aterrizó primero en una base aérea de Louisiana y un par de horas después en Omaha, Nebraska. Es decir, el centro del poder mundial fue desplazado de Washington a unos terrenos baldíos en un estado famoso por su frío, sus vientos y sus mazorcas de maíz. Y el centro del poder económico, el World Trade Center en Wall Street, quedó hecho trizas.
El euro se reforzó frente al dólar, pero Alan Greenspan, el presidente de la Reserva Federal, actuó con rapidez y firmeza: su dinero está seguro en los bancos, les dijo a los norteamericanos. Y por si las moscas, ofreció liquidez ilimitada a todos los bancos de Estados Unidos que necesitaran préstamos urgentes. El sistema capitalista estaba asegurado; lo demás no.
La historia moderna de Estados Unidos quedará marcada antes y después del 11 de septiembre de 2001. Estados Unidos, líder de un mundo unipolar, única superpotencia económica, militar y tecnológica, fue atacado de manera brutal. Estados Unidos no está acostumbrado a pelear en su territorio. Sus grandes participaciones militares -las dos guerras mundiales, Vietnam, el Golfo Pérsico…- han sido en otro lado. Esta vez cambió el campo de batalla. Esto es nuevo. Es Pearl Harbor, pero a lo bestia.
También es nueva la percepción de Estados Unidos como un país vulnerable. Los actos terroristas también ocurren aquí. En el 93 fueron unas explosiones en el mismo World Trade Center de Nueva York. Luego la destrucción del edificio federal en Oklahoma City. Pero esto, esto, no tiene comparación. Por la magnitud. Por la coordinación necesaria para violar la seguridad de varios aeropuertos, secuestrar al menos cuatro aviones y dirigir -¿cómo? no lo sé- esas mismas aeronaves a puntos específicos; al Wall Trade Center y al Pentágono.
Estados Unidos, es obvio, no es el santo de la devoción de varios grupos terroristas en el medio oriente. Es aliado de Israel; no hay que decir mucho más. La misma presencia del estado judío es una afrenta para grupos árabes y palestinos que reclaman el mismo territorio sobre el que se estableció Israel. Y como los grupos fundamentalistas más radicales saben que no pueden enfrentarse de cabeza con el poderío militar de Estados Unidos, utilizan su arma favorita: los ataques suicidas.
A los académicos les gusta llamarlos conflictos asimétricos. Es la lucha de los débiles contra los poderosos. Y hay pocas protecciones contra los métodos de un sanguinario David contra el mítico Golliat. Llevo demasiados años viviendo en la panza del imperio para entender que Estados Unidos nunca -nunca- se queda con los brazos cruzados cuando lo atacan. Vienen días difíciles. Muy difíciles. No, no será una cacería de brujas, pero sí ataques tipo láser. Más rápido que tarde.
Violentos. Letales.